El Atlas Maior, hecho para no leerse
Newsletter #196 – 2026/08/07
Buen viernes a todos,
De siempre, he sido una persona con muy poco apego por el mundo material. Hay cosas que me pueden gustar tener porque sirven para un fin (un libro para leerse) o porque estéticamente cumplen un objetivo (un cuadro que ocupe la pared principal de mi salón). Tengo muchos libros en formato físico, pero la razón principal es porque me resulta mucho más útil consultarlos cuando estoy buscando algo; me apaño mucho mejor que con un lector de libros electrónico.
Mi pasión por los mapas hace que pueda pasar horas admirándolos en cualquier exposición1, pero jamás tendría un mapa antiguo o una edición antigua de un atlas en mi posesión. Creo que, en parte, tengo miedo de no saber conservarlo de forma adecuada y que se terminase echando a perder. Me basta con tener una copia digitalizada en alta resolución para admirar todos los detalles; el formato físico no añade nada de valor para mí, más bien me coarta la libertad de trastear con la pieza.
La única tentación que he tenido fue cuando me encontré en una feria de libros de ocasión una copia ilustrada de Geographia de Ptolomeo que decía ser de comienzos del siglo XX. La verdad es que era una maravilla, pero que costase más de 4.000 euros me echó rápidamente para atrás. Mi devoción por los mapas no fue capaz de compensar todas las otras cosas que podía hacer con esos 4.000 euros.
Por eso estoy convencido de que el Atlas Maior nunca fue algo hecho para una persona como yo, a pesar de que pocos objetos en la historia de la cartografía lograron lo que Joan Blaeu logró con él.
La carrera por el atlas del siglo
Para entender la historia que hay detrás del Atlas Maior, primero hay que saber que, en el siglo XVII, hacer un atlas grande no tenía mucho que ver con representar territorios nuevos o con buscar nuevas estrategias cartográficas. Casi todo el trabajo detrás de estos grandes libros se limitaba a la compra de planchas ajenas, a copiar los mapas de la competencia y a encuadernarlo todo con la mejor tipografía e iconografía posible.
El punto de partida de esta carrera lo podemos marcar en 1570, cuando Abraham Ortelius publicó el Theatrum Orbis Terrarum. Con sus poco más de 50 mapas, se le suele considerar el primer atlas moderno, un libro que buscaba representar mapas de distintas partes del mundo con forma y estilo homogéneos. Gerardus Mercator siguió los pasos de Ortelius y publicó el suyo en 1595, con una escala similar. Ninguno de los dos imaginó lo que vendría después.

Pero la cosa se puso realmente interesante en 1629, cuando Willem Blaeu compró las planchas de cobre de Jodocus Hondius el Joven, recién fallecido. Con ellas, publicó en 1630 el Atlantis appendix de 60 mapas. Esto no le hizo ninguna gracia a los herederos de Hondius, lo que llevó a su hijo, Henricus, y a su yerno, Johannes Janssonius, a publicar un atlas “nuevo” un año más tarde, con mapas copiados de Blaeu. Esta carrera competitiva duraría años.
En 1635, Blaeu publicó su Atlas novus, el cual consistía en dos volúmenes con 210 mapas, a lo que Janssonius respondió con tres volúmenes y más de 300 mapas. De algún modo, esto se podría resumir en una expresión que hace años se estilaba mucho en España y que está cayendo en desuso: el burro grande, ande o no ande. Willem Blaeu murió en 1638, pero su hijo Joan tomó el relevo y se dedicó a mejorar el Atlas novus de su padre con nuevos volúmenes: en 1640, un volumen dedicado a Italia y Grecia; en 1645, un volumen dedicado a Inglaterra y Gales; en 1654, un volumen para Escocia e Irlanda; y en 1655, un sexto volumen dedicado a China. Por su parte, Janssonius publicó un nuevo atlas de 4 volúmenes en 1646, al que incorporó un quinto volumen en 1650 para los mares y un sexto volumen en 1658 que cubría España, Asia, África y América.

Para 1658, Joan Blaeu y Johannes Janssonius están más o menos empatados. Los atlas de ambos tienen seis volúmenes, el de Blaeu con 403 mapas y el de Janssonius con 450 mapas. Janssonius es el primero en dar un paso más allá y publica en 1659 su Atlas Maior, con un total de diez volúmenes y más de 500 mapas, que estaba acompañado de un atlas celeste y planos de ciudades. Con esto en cuenta, se puede considerar que Janssonius fue el primero en lograr el viejo ideal de Mercator: una descripción completa de tierra, mar y cielo.
Pero en esencia, es importante entender que ni Janssonius ni Blaeu estaban logrando nada nuevo. Copiaban planchas, compraban derechos, reeditaban levantamientos hechos hacía décadas y se ceñían a la misma cartografía de siempre. La competencia en ningún momento buscaba un conocimiento cartográfico más amplio o más detallado; tan solo perseguía la mejor encuadernación, los grabados más atractivos, el mayor número de volúmenes y, en definitiva, la capacidad de vender el atlas como un símbolo de estatus para aquel que pudiera pagarlo.
Entonces, Joan Blaeu se lo jugó todo a una carta.
El Atlas Maior de Joan Blaeu
Tres años más tarde que el atlas de Janssonius, en 1662, se publicó en Ámsterdam la primera edición latina del Atlas Maior de Joan Blaeu2: 11 volúmenes, 594 mapas y 3.368 páginas de texto. No hubo una tirada estándar, ya que únicamente se produjo por encargo para cada comprador, pero Peter van der Krogt, especialista en Joan Blaeu, ha calculado que pudieron producirse unos 1550 ejemplares: 650 en latín, 400 en francés, 300 en neerlandés y 200 en español.



El coste oscilaba entre los 350 florines sin colorear y los 450 florines coloreados, lo que lo convertía en el libro más caro del momento. Para hacerse una idea del precio, era una suma comparable a la de alquilar durante un año entero una granja o una tienda en los Países Bajos. Era un atlas excesivamente caro, pero también es innegable que el coste de producción era alto. Un solo volumen de la edición latina requería cerca de 2.500 días de trabajo3 tan solo para componer el tipo, sin tener en cuenta todo el trabajo adicional de grabar cada uno de los mapas.
Las imprentas de Joan Blaeu eran, con diferencia, las más grandes del mundo en aquel momento. La de Bloemgracht tenía nueve prensas para libros y seis para mapas, con más de 80 hombres que trabajaban a jornada completa. A esta imprenta se sumó una segunda en Gravenstraat a partir de 1667.



El décimo volumen de este atlas merece especial atención, ya que incorpora directamente todo el trabajo del jesuita Martino Martini a su vuelta de China4. Las partes más occidentales de Asia y las zonas costeras sí que aparecían en mapas europeos de la época, pero China en sí era un gran desconocido para la cartografía europea, y este atlas sirvió para popularizar sus formas y trazados. De algún modo se puede afirmar que este volumen es el más genuino de todos los que componían el Atlas Maior de Joan Blaeu.


Con este atlas, Joan Blaeu superó a Janssonius y ganó la partida, superando en decenas de mapas la obra de su rival. Janssonius murió en 1664, sin que nadie le sucediera en esta carrera. Podríamos decir que Blaeu únicamente ganó porque su contrincante dejó de superarle, pero la realidad es que la obra de Blaeu era mucho más consistente y completa que la de Janssonius. Tenía más mapas, pero también incorporaba un texto propio, coherente y con una narrativa que hacía del atlas una obra completa y no una mera colección de mapas bonitos.
Años después, el coleccionista neerlandés Laurens van der Hem llevó el esfuerzo del Atlas Maior de Joan Blaeu al punto más extremo. Encargó una versión personalizada de este ejemplar, pero decidió ampliarla con mapas manuscritos, vistas de diferentes lugares, dibujos e incluso cuatro volúmenes de mapas secretos de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales5. El resultado fueron 46 volúmenes y más de 2.400 mapas, grabados y dibujos que se conservan actualmente en la Biblioteca Nacional de Austria, en Viena.
Aquí merece la pena ser honestos y entender para quién era realmente todo esto. La mayoría de los ejemplares que han sobrevivido hasta la fecha están limpios, no tienen ninguna anotación de lecturas previas. A pesar de las miles de páginas con mucha información, no parece que hubiera muchas personas que se adentraran en el texto. El Atlas Maior no estaba pensado para leerse ni estudiarse, sino para exhibirse. Un mero objeto de lujo6.
Un mérito que sí se le puede dar a Blaeu es que, a pesar de no innovar en el aspecto cartográfico o geográfico, sí que mejoró notablemente la ejecución y la producción de este tipo de obras. La tipografía mejoró, los grabados mejoraron y la coherencia del conjunto también. Fue el atlas más espléndido jamás publicado, aunque no fuera el más preciso.
Lo que vino después
El modelo que había protagonizado el siglo XVII, el atlas como objeto de lujo, compilado y vendido a las élites, se apagó con sus protagonistas7. El giro no fue inmediato, pero sí que tiene un protagonista muy concreto. En 1671, Jean-Dominique Cassini fue nombrado director del recién creado Observatorio de París y, siguiendo sus pasos, su familia se dedicaría durante las siguientes cuatro generaciones a aplicar la triangulación geodésica a la cartografía de Francia.
El resultado vio la luz en 1789, cuando se publicó la Carte géométrique de la France (o Carte de Cassini): 180 hojas para cubrir todo el territorio de Francia cartografiado de forma sistemática.

Más de un siglo separa el Atlas Maior de la Carte de Cassini. En ese siglo cambia también quién hace los mapas y para qué se hacen esos mapas. Las casas editoriales dejan de interesarse en este tipo de lujo para particulares adinerados, mientras que los estados con ejércitos permanentes necesitaban precisión por razones militares y administrativas. La Enciclopedia Británica resume a la perfección este giro. Parafraseándola: los monstruos, los leones y las adornadas líneas de rumbo desaparecieron, sustituidos por contenido factual.
La cartela decorativa quedó arrinconada en los bordes y el interior del mapa se llenó de datos.
Por petición popular, os dejo por aquí un botón para procrastinar, por si os pillo aburridos. Cada vez que pulséis en él, os llevará a un mapa distinto de los más de 1300 que tiene el catálogo.
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Bien lo sabe cualquiera que haya estado conmigo en un museo que tenga una sala con mapas o globos terráqueos. Puedo ser cansino.
Sí, con el mismo título que la gran obra de Janssonius.
2.500 días de trabajo, de lunes a domingo, que se tenía que dividir en múltiples personas, por supuesto.
Martino Martini es considerado el primer europeo que dio a conocer con rigor la geografía de China en Occidente. Durante diez años como misionero en China, accedió a fuentes cartográficas imperiales que ningún occidental había consultado antes, y con ese material publicó el Novus Atlas Sinensis en 1655, la descripción geográfica más completa y precisa de China disponible en Europa durante casi dos siglos.
Y por mérito propio, la copia de van der Hem se puede considerar el lujo dentro del lujo. Una de esas copias que nunca ves en una tienda porque está destinada para las muy pocas personas que lo pueden pagar.
El Atlas Maior dejó de producirse en 1672, después de que un incendio destruyera parte de las planchas de Blaeu, y un año antes de que el propio Blaeu muriera.


