Los incendios ya no son los de siempre
Newsletter #194 – 2026/07/26
Buen domingo a todos,
En España, los incendios históricamente han sido una cosa del verano. Como cualquier cuestión recurrente que copa los noticieros cada año, ya hace tiempo que dejó de sorprender. Quizá nunca llegó a sorprender; la verdad es que no lo sé. Pero este año julio empezó con la triste noticia de 13 personas fallecidas en un incendio en Los Gallardos, en Almería, al sur de España. No es la primera vez que sucede, pero por suerte aún no estamos tan inmunizados a este nivel1. Muchas veces son personas trabajando en la extinción de incendios, pero en algunas ocasiones son personas intentando huir de las llamas por el camino equivocado, como fue este el caso.
Puede que fuera por eso por lo que ya empezara prestando atención a los incendios desde el comienzo de mis vacaciones hace diez días, cuando estalló un virulento incendio en La Mierla, en Guadalajara. Durante muchos días estuvo activo y no dejaba de aumentar su extensión, con multitud de pueblos evacuados ante la impotencia de sus habitantes. Y entonces me llegó la noticia de otro incendio en Brieva, a poco más de 10 kilómetros de mi casa, el cual obligó a desalojar ocho pueblos.

El incendio de Brieva afectó a apenas 5.000 hectáreas, lo cual es casi insignificante frente a las 32.000 de La Mierla, y en tan solo dos días se logró controlar. Fue un desastre para los pastos y cultivos de la región, pero este combustible fino hace que los fuegos sean rápidos y de llamas bajas, lo que libera menos energía y hace que los incendios sean más manejables: el frente de llamas pasa una vez y no vuelve atrás.
Después llegó el turno de los incendios en Madrid y Ávila, donde el combustible es otra cosa distinta. Al suroeste de la Comunidad de Madrid comenzaron tres fuegos por separado2, que se fusionaron en uno solo, arrasando pinares y matorral denso acumulado por décadas de abandono rural. En la vertiente de Ávila, el fuego alcanzó bosques de castaño y pino, un combustible más grueso y que arde más despacio, pero que acumula más energía y cuesta mucho más apagar. Las dos cosas juntas, y la cercanía con muchos núcleos de población importante en Madrid, fueron clave para que se declarase una emergencia de interés nacional por primera vez en la historia a causa de un incendio forestal3.

Como suelo hacer en estos casos, mandé mensajes a algunos amigos que podrían haber estado más afectados por estos fuegos, para saber si todo andaba en orden. Es así como me enteré de que, más allá de los Pirineos, las Landas también estaban ardiendo. El pueblo de la familia de un amigo, Parentis-en-Born, había sido evacuado a causa de un incendio entre este pueblo y Biscarrosse. He visitado aquella región varias veces y la verdad es que es una zona de bosques y playas que adoro. Se trata del mayor bosque artificial de Europa occidental4, con casi un millón de hectáreas de pino marítimo, una especie muy resinosa, lo que complica muchísimo su extinción.
Lo del suroeste de Francia es posiblemente más preocupante que lo de Madrid. Estamos hablando de dos incendios con combustible peligroso que ya abarcan más de 45.000 hectáreas y han obligado a evacuar a unas 250.000 personas, con las llamas acercándose peligrosamente a Burdeos.

Muchos incendios sin que ninguno termine siendo una anomalía, y con la sensación de que tan solo les prestamos atención cuando son circunstancialmente más peligrosos para los seres humanos5.
A fecha de 24 de julio, España ya acumula 120.000 hectáreas quemadas, el segundo peor comienzo de año desde que existe la serie histórica, tan solo superado por 2022.
Esto viene de atrás, y no solo en España
Es justo dejar claro que nada de esto es nuevo. Zamora vivió una situación terrible hace apenas cuatro años. En 2022, dos incendios en la Sierra de la Culebra calcinaron unas 65.000 hectáreas y afectaron a 52 localidades, convirtiéndose en los incendios más grandes de la historia de Castilla y León. En 2006, a lo largo de doce días se registraron cerca de 2.000 incendios en Galicia que arrasaron unas 90.000 hectáreas, con cuatro fallecidos.

Durante el mismo 2017, un fuego iniciado en Pedrógão Grande, en el centro de Portugal, pronto se convirtió en el más letal de la historia del país, al matar a 64 personas mientras intentaban huir de las llamas por carretera. Algo semejante a lo que ocurrió en 2018 en Ática, Grecia, cuando múltiples incendios dejaron atrapados a cientos de personas, causando la muerte de 104 personas.
Hubo algunas voces críticas en ambos episodios que hablaban sobre cómo muchas de esas muertes se podrían haber evitado con mejores protocolos de evacuación o si las personas hubieran seguido las indicaciones de las fuerzas de seguridad, algo muy parecido a lo que he leído en algún medio sobre el incendio de Los Gallardos. Pero esas críticas son cuestionables cuando apenas se desarrollan medidas para prevenir los incendios forestales, lo que cimienta el problema de base. Sin incendios forestales no sería necesario mejorar los protocolos de evacuación6.
¿Y por qué ahora? ¿Qué ha cambiado?
Hay muchos factores, pero no podemos perder de vista el problema de base: la Tierra se está calentando. El calentamiento no solo se traduce en temperaturas agobiantes en Europa y la necesidad de aire acondicionado. Cuanto más caliente está el aire, más agua se evapora del suelo y de las plantas, por lo que se seca con mucha más rapidez de lo que lo hacía antes. El resultado es un monte y unos pastos que llegan al verano resecos y se mantienen así durante más semanas7.

El verano pasado, cuando ardieron cerca de 640.000 hectáreas entre España y Portugal, un estudio de la World Weather Attribution (WWA) puso cifras exactas: las condiciones de calor, sequedad y viento que ayudaron a propagar aquellos incendios fueron 40 veces más frecuentes y un 30 % más intensas que las condiciones en la época preindustrial. La ola de calor de diez días que protagonizó el verano es ahora 200 veces más probable y con unos picos de temperatura tres grados más altos.
Otro informe publicado por la WWA8 llega a una conclusión parecida sobre lo que llevamos de 2026: las condiciones de sequía extrema en Europa occidental son ahora 80 veces más probables que sin cambio climático, lo que está acelerando la evaporación del agua del continente y dejando unas condiciones perfectas para incendios virulentos y difíciles de contrarrestar.
Esto no es un fenómeno aislado y España no es ninguna excepción.
Un problema global
En 2024, un equipo australiano liderado por Calum Cunningham analizó 21 años de datos de satélite, entre 2003 y 2023, para medir la energía liberada por los cerca de 3.000 incendios más extremos que tuvieron lugar en el planeta durante ese periodo. Los resultados fueron publicados en Nature Ecology & Evolution9 con unas conclusiones claras: la frecuencia de los incendios energéticamente extremos se ha multiplicado por 2,2 en dos décadas. Los seis años más extremos de la serie están concentrados en los últimos siete años.
Aquí hay que recalcar varios matices importantes para entender el estudio, el panorama global y las posibles críticas y lecturas. Sí, es posible que la superficie total quemada en el planeta pueda estar disminuyendo, ya que hay menos incendios de sabana y pastizales, pero gran parte de eso es a causa de la conversión de mucha superficie en tierras agrícolas10. Pero si nos centramos en el cómo es inevitable preocuparse. Los bosques boreales de Siberia han visto un aumento en incendios extremos de siete veces desde 2003; los bosques de coníferas de Norteamérica han visto un aumento de once veces respecto a 2003.

Entre todos esos incendios, ha habido regiones y años especialmente preocupantes. En 2023, Canadá registró el peor año de su historia. Se quemaron unas 18 millones de hectáreas, más del doble del récord anterior, que databa de 1989. Más o menos es la misma superficie que se registró en Siberia a lo largo de 2021, donde se consumieron entre 17 y 19 millones de hectáreas de bosque. El verano de 2019-2020 en Australia fue incluso peor, ya que hay cifras que estiman la extensión quemada en 24 millones de hectáreas.
Me consta que es difícil hacerse a la idea de la inmensidad de estos incendios, así que os daré un ejemplo claro: la superficie de Uruguay es de 17,6 millones de hectáreas, menos del territorio que ardió en Canadá en 2023, en Siberia en 2021 o en Australia en 2020.
¿Y ahora qué?
El cambio climático ya lo estamos sufriendo y es imperante que tomemos medidas para limitar su impacto a medio y largo plazo, pero tenemos que ser claros: eso no va a solucionar el problema de los incendios y tendremos que encontrar una manera de vivir con ello.
Ya cuando se incendió la Sierra de la Culebra en 2022, muchos dirigentes hablaron de que mejorarían la inversión en prevención, con más dinero para monitorización, para extinción y para adecuar las zonas rurales ahora que no hay gente que limpie los bosques con los quehaceres de su día a día. Cuatro años después, en Castilla y León, nada de eso ha pasado. Han cerrado muchas torres de vigía, sigue sin haber bomberos suficientes y los montes siguen sin limpiarse. Este patrón se replica a lo largo de España, el resto de Europa y el resto del mundo.
Aún recuerdo una campaña extremadamente popular en los 80 en España: “Todos contra el fuego”. La campaña la lanzó ICONA, con una canción pegadiza que todavía resuena en mi cabeza. Creo firmemente que eso ayudó con la concienciación, y las imprudencias cada vez son menos11, pero eso es manifiestamente insuficiente. Necesitamos que dirigentes a todos los niveles tomen medidas conjuntas para que la chispa, en la medida de lo posible, no arda. Si llega a arder, que se pueda identificar cuanto antes. Y que, si se identifica, haya recursos y medios para apagarlo antes de que se descontrole.
¿Tan difícil es? ¿Cómo de grande ha de ser el desastre para que el mundo empiece a reaccionar?
PS: He terminado de escribir esto a 26 de julio de 2026. Estoy seguro de que el verano que viene por delante dejará mucho de lo que aquí cuento desactualizado, pero espero que el mensaje de fondo termine de calar. De veras.
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En la historia más reciente, casi todos en España nos acordamos del incendio en Guadalajara de 2005, y los que tienen más edad se acuerdan de los incendios en La Gomera de 1984 y en Lloret de Mar de 1979.
Por cercanía a donde se originaron, el de Villa del Prado, el de San Martín de Valdeiglesias y el de Almorox.
Y la segunda emergencia nacional de toda la historia reciente de España, junto al gran apagón de 2025.
Algún día os tengo que hablar de cómo se estableció este bosque para combatir las dunas que había allí hace 250 años. Es un historión.
Es inevitable que nos duela más cuando hay víctimas o está en la cercanía de poblaciones; mi crítica es que no tomemos medidas anticipadas cuando ya sabemos que los incendios son cada vez más virulentos y más frecuentes.
Entiéndase la crítica. Los protocolos de evacuación tienen que estar presentes y han de mejorarse continuamente. Pero serían un punto mucho menos crítico si se trabajase de verdad en prevenir incendios. Así es como realmente se previenen muertes y daños.
Las famosas olas de calor que antes eran pocas a lo largo de julio y agosto, ahora son cada vez más, más duraderas, empiezan antes y terminan más tarde.
Aquí el informe, por si queréis leerlo.
Las tierras agrícolas también pueden arder, pero están mucho más vigiladas y protegidas por su daño económico directo.
Aunque siguen siendo demasiadas, como el uso de maquinaria agrícola en momentos del día inadecuados, tirando colillas por las ventanillas del vehículo o haciendo barbacoas cuando está firmemente prohibido.


