Buen domingo a todos,
Lo que habéis leído estas últimas semanas lo tenía casi terminado antes de que empezara mi serie de inconexas vacaciones. Eran artículos que solo necesitaban un retoque final antes de dar a enviar. El problema es que todo lo que estaba más o menos listo ya está enviado, y esta mañana me he sentado delante del ordenador con la lista de borradores vacía y sin una idea clara a la que agarrarme1.
Adoro el verano, lo adoro de verdad. Incluso a pesar del calor aplastante, creo que es la estación del año que más me gusta. Pero tiene la mala costumbre de hacer volar la rutina por los aires. Y este año, creo que la rutina se hizo auténticos añicos. La culpa es sobre todo mía, ya que me pareció una idea magnífica coger vacaciones sueltas e intercaladas con días y semanas de trabajo2.
El primer tramo comenzó el viernes 10 de julio, cuando al terminar de trabajar me monté en el coche y me fui con un amigo a Toulouse para visitar a una amiga. Se trataba de un viaje sin pretensiones: disfrutar del buen tiempo3, pasear por la ciudad y, sobre todo, comer bien. Tan bien que la comida se interpuso entre nosotros y Carcassonne. Salimos tarde de Toulouse y nos quedamos a mitad de camino comiendo una cassoulet, por culpa de la cual no logramos llegar a destino4. Y sí, no tengo ningún problema en comer un buen plato de cuchara por mucho calor que haga.

Aprovechamos para visitar las barreras contra las inundaciones de Toulouse y las consecuencias que tuvo la gran crecida del río Garona en 1875, y disfrutamos de fiestas y conciertos para la celebración del día nacional. Pero la vuelta al trabajo era necesaria, así que regresamos el mismo día 14 de julio. Todo para encontrarme con tres días de trabajo en los que tuve que sacar el curro de cinco días. Un apretón antes de coger mi siguiente bloque de vacaciones.
El sábado 18 de julio a las 8:00 de la mañana ya estaba en un coche rumbo a Estepona. Aquí tenía aún menos pretensiones: alguna visita ligera, descansar, una miaja de playa y comer bien, y lo cumplí a la perfección. Por fin pude ponerme a fondo con los libros de Liu Cixin que os dije que me llevaba. El resultado ha sido uno de los grandes descubrimientos del verano. Ya estoy terminando el tercero y me pregunto cómo no lo he leído antes. Es mucho más que ciencia ficción; cuenta más sobre la naturaleza humana que algunos ensayos dedicados a ello, y plantea tesis que se te quedan rondando bastante tiempo después de cerrar el libro.

La Costa del Sol está masificada, es innegable, pero todavía tiene mucho que aportar. Ciudades como Estepona, si evitas alojarte en el centro, pueden ser bastante tranquilas y permiten descansar sin problema. Está claro que no es una zona montañosa casi deshabitada, pero yo soy de Segovia y tampoco estoy acostumbrado a eso: me gusta un relax intermedio, donde haya algo de movimiento, pero en el que uno pueda tener ratos en paz.
Mi fantástico plan no contemplaba un tiempo indefinido, así que siguió rodando y el sábado 25 estaba de vuelta, el domingo 26 estaba poniendo unas lavadoras y aterrizando y el lunes 27 ya estaba frente al ordenador. Cientos de correos me esperaban y, aunque mi disposición era limitada, no hubo más remedio que remangarse y lidiar con esas insufribles tareas administrativas y discursiones que quitan a cualquiera las ganas de todo5.
Por suerte, había una fecha final para ese sufrimiento temporal. El 5 de agosto por la tarde marchaba al Sonorama a disfrutar de un puñado de días de buena música. Pero no todo iba a ser perfecto, así que la noche de antes, mientras cenaba en casa de unos amigos, la lumbar me dio un aviso. Mi lumbar y yo somos íntimos desde hace diez años y, si bien hemos aprendido a convivir gracias al deporte, no quita que tarifemos de vez en cuando6.

Así que, muy cabreado conmigo mismo, terminé de trabajar el 5 por la tarde, cogí el coche y me planté en Aranda de Duero. Era mi tercera vez en el festival, con lo que ya tenía claras las dinámicas y cómo gestionarlo para que fuera asumible. Sin sacrificar la buena comida, porque el cordero de Aranda está como está, disfruté de muy buena música y de algún grupo que consiguió sorprenderme.
En el top pongo sin duda a El Mató a un Policía Motorizado. Había escuchado discos de la banda argentina, y La síntesis O’Konor me parece una obra maestra, pero no tenía claro cómo sonarían en directo… y madrecita mía. Una intensidad apabullante transmitida por grandes instrumentistas capaces de construir murallas de sonido que llegan hasta lo más profundo. Si no los conocéis y solo puedo daros una recomendación, que sea esta.
Aunque hubo más cosas muy chulas. El Nido, un grupo de folk castellano que dio una masterclass de cómo meterse al público en el bolsillo. Iván Ferreiro, que cantó gran parte de la discografía de Piratas7. León Benavente, que nunca defraudan en directo. Y Ojete Calor, que a pesar de lo inesperado, siempre están garantizadas las risas. Me quité la espinita de ver por primera vez a Niña Polaca y Rigoberta Bandini, que no defraudaron; vi en directo una vez más a La M.O.D.A., La Pegatina o Marlena; y bueno, ya puedo decir que el circo de Ladilla Rusa ya está vivido.
El domingo, con todo el pescado vendido, aproveché para acercarme a un pueblo a comer con unos amigos, con lo que terminé volviendo de noche a Segovia. Una parada de un día para lavar ropa y el martes ya estaba camino de Ayamonte, a descansar un poco más. Y lo mismo: tranquilidad, lectura, algo de sol y muy buena comida, todo ello con la ventaja de que allí las playas permiten andar y el cuerpo ya lo pedía.

El plan original era volver el sábado 15 de agosto, pero por unos cambios de última hora terminé volviendo el lunes 17 por la mañana, cuando ya tenía que empezar a currar de forma definitiva. En mi cabeza la estrategia era perfecta: descargarme el correo de antemano y ponerme al día durante el viaje en tren. Pero nada más lejos de la realidad; fue todo un desastre. Podría echar la culpa al tren, ya que mi vagón no tenía electricidad, pero creo que, aunque la hubiera tenido, habría sido igual de incapaz de progresar lo más mínimo. Como resultado, llegué a casa a mediodía con el día entero de trabajo por delante.
Un comienzo ideal.
El resto de la semana ha sido quejarme de la vuelta al trabajo, cuando el problema seguramente no ha sido el trabajo en sí. Ha sido que toda la rutina que había construido durante meses, como cada otoño, cada invierno y cada primavera, había volado por los aires y me estaba costando horrores readaptarme. No es solo trabajar8; es recoger la casa, es cocinar, es hacer algo de deporte y es saber aprovechar el tiempo libre para mis cosas. Ni siquiera he vuelto a subir mapas al catálogo de momento: los que habéis visto estas semanas estaban programados desde hace más de un mes.

Este mapa que veis arriba abre la edición inglesa de Los grandes viajeros del siglo XIX, de Verne, y muestra todo lo que los europeos aún no habían explorado en 1881. Lo que me interesa hoy es que lo desconocido no está en blanco, como si pudiera dibujarse, sino que está en un tono más oscuro, porque es una mancha que hay que limpiar.
Con el verano me pasa algo parecido. Uno tiende a contarlo como si fuera un vacío en el calendario, un paréntesis en el que no hubo nada, y luego resulta que estaba repleto de historias. Ahora lo que tengo que hacer no es rellenar un blanco, sino volver a medir un terreno que ya conocía y del que he perdido las referencias.
En los próximos días me molestará menos currar, mi casa volverá a su orden habitual, recuperaré los mapas diarios del catálogo, seguiré con la newsletter y volveré a disfrutar del día a día como me gusta hacer. Estoy en ello, aunque aún me queda algo por andar.
Hace años se hablaba mucho de la depresión posvacacional. Yo creo que simplemente es la vida: construimos patrones, los respetamos y, en cuanto los perdemos, nos cuesta horrores recuperarlos.
Por petición popular, os dejo por aquí un botón para procrastinar, por si os pillo aburridos. Cada vez que pulséis en él, os llevará a un mapa distinto de los más de 1300 que tiene el catálogo.
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Esto no es del todo cierto. Tengo una lista de unas 250 ideas que explorar sobre las que podría llegar a escribir. De algunas de ellas tengo una estructura ya, pero todas ellas requieren algo de investigación y releerme algunas cosas antes de poder finiquitarlo quedándome contento.
La premisa es que, en verano, suele haber mucha gente de vacaciones y la carga de trabajo suele ser baja. Pero no este año.
Pero claro, nos chupamos una ola de calor de 38 grados todos y cada uno de los días que estuve allí. Eso sí, al menos teníamos piscina.
En mi defensa, paramos en Castelnaudary, la cuna del cassoulet. La mejor que me he comido en mi vida.
Justo el pasado fin de semana, hablando con un amigo, me percaté de que mi español se ha corrompido y utilizo la palabra discutir como si fuera sinónimo de discuss en inglés, y no lo es. Más bien significa hablar sobre un tema concreto, sin que sea necesario que haya confrontación. Así que a eso me suelo referir cuando utilizo la palabra discutir. Para su significado real suelo recurrir a verbos como tarifar o tener un pitote.
Por suerte, tengo una edad y habíamos cogido un piso. No tuve que enfrentarme a los problemas de espalda durmiendo en un camping, lo cual habría sido inasumible.
Cuando sonó “Mi Coco”, casi me da un patatús. Fue una canción que adoré cuando salió a la luz hace casi 30 años y llevaba décadas sin escuchar.
Que tampoco me flipa, entendámonos.


