Buen domingo a todos,
Muy a pesar de los mapófilos como yo, Trump está obsesionado con los mapas. Como es de esperar, no está obsesionado por la cartografía como disciplina académica, tampoco por el arte de un buen mapa. Lo suyo es utilizarlos como una poderosa herramienta visual para proyectar su poder, poner su marco a los problemas geopolíticos y, con ello, validar sus narrativas.

El pasado jueves 27 de agosto, Donald Trump firmó una orden ejecutiva para cambiar el nombre del lago Ontario, uno de los cinco Grandes Lagos, por el de lago América. Como era de esperar, lo hizo rodeado de un mapa de los Grandes Lagos en el que realizaba un juego de palabras ya cansino, reutilizando la reconocida consigna Make America Great Again para titularlo Making the Great Lakes Even Greater1. Dijo que era algo que llevaba mucho tiempo pensando y que el cambio sería efectivo de inmediato.
Con la orden firmada, llegó el momento de la rueda de prensa y de explicárselo a los periodistas con una fascinante lógica: ya tenía un golfo, así que necesitaba un lago. Bueno, que ya puestos, con un golfo y un lago, quizá solo le faltaba un océano. Podría ser el Atlántico o el Pacífico. O bueno, incluso los dos. Y podría ser una parodia, pero una vez más la realidad supera la ficción con creces. Aquí podéis ver el vídeo de 30 segundos donde sucede todo esto.
De la mecánica de todo esto ya os hablé hace año y medio, cuando decidió cambiar el nombre del golfo de México, así que no me voy a repetir. La orden manda al Departamento de Interior y a la Junta de Nombres Geográficos cambiar la denominación en el GNIS en un plazo de 30 días y, al igual que la vez anterior, solo es obligatorio para la administración federal. Pero esta vez da una vuelta de tuerca y no se conforma con añadir el nombre nuevo: pide explícitamente eliminar todas las referencias al lago Ontario.
Google no ha andado esperando y ayer sábado ya tenía los cambios disponibles en sus mapas, aunque nadie le estuviera obligando directamente.
Todo Canadá ha dejado claro que seguirán llamando al lago Ontario por su nombre, pero incluso la gobernadora del estado de Nueva York, en Estados Unidos, también ha dicho que se niega a usar el nuevo nombre en su cartografía. Esto no ocurrió en ningún estado con el golfo de México.
De América ya hablé la otra vez, así que hoy no escribiré sobre el nombre que se pone, sino del nombre que se quita.
Ontario, mucho antes de los europeos
De algún modo, la orden ejecutiva firmada por Trump pretende, honrando la historia americana de los Grandes Lagos, erradicar la supremacía canadiense. Pero es que el nombre que está intentando borrar es mucho más antiguo que Canadá, que Estados Unidos o que América2.
Ontario proviene de una palabra de la familia iroquesa. Algunas fuentes lo atribuyen a los wendat, a quienes los franceses llamaron hurones, y otras al mohawk. En cualquier caso, las traducciones de Ontario, sin que haya consenso académico, se encuentran en algún punto entre “lago grande”, “lago hermoso” y “lago de aguas brillantes”. El nombre ya estaba allí cuando llegaron los exploradores europeos, aunque alguno, como Samuel Champlain, intentó cambiarlo de nombre. Eligió Lac Saint-Louis, pero nadie le hizo caso.
Ya desde la década de 1650 aparece como lago Ontario en los mapas, como este ejemplo de 1651, en la parte inferior derecha. La provincia canadiense, por si alguien tiene dudas, tomó su nombre del lago cuando se fundó dos siglos más tarde, en 1867.

Con esto en cuenta, la orden que pretende honrar la historia de los Grandes Lagos no hace más que borrar uno de los topónimos más antiguos documentados en la región. Ni siquiera es una ofrenta contra Canadá, sino que extirpa a los wendat lo poco que les queda en su tierra prometida.
Billy Friend, jefe de la Nación Wyandotte, ya ha dicho que los nombres conservan la historia, la lengua y la herencia de un pueblo y que, lamentablemente, nadie les avisó de este cambio. J. Conrad Seneca, presidente de la Nación Séneca, ha sido más firme y ha pedido directamente la retirada de la orden, apoyándose en un argumento histórico y legal de peso: el Tratado de Canandaigua, firmado en 1794 entre la confederación haudenosaunee y el gobierno estadounidense, delimita el territorio séneca empezando por el lago Ontario. Con ese nombre concreto.
¿Sabéis el detalle más cruel de todo esto? La Nación Wyandotte, heredera de la Confederación Wendat, fue expulsada de la región de los Grandes Lagos en el siglo XIX y se les obligó a establecerse en Oklahoma, a más de 1.500 kilómetros. El topónimo del lago Ontario es una de las últimas cosas que les quedaba en lo que una vez fue su hogar.
El viejo truco de la propaganda toponímica
Por supuesto, lo de cambiar el nombre de los sitios no es ningún invento novedoso de Trump y es algo que se ha hecho a lo largo de toda la historia. Quizá es uno de los gestos políticos más viejos que existen para borrar un pasado incómodo.
El emperador romano Adriano, en 135, tras aplastar la rebelión judía de Bar Kojbá, rebautizó toda la provincia de Judea como Siria Palestina y refundó Jerusalén como Aelia Capitolina, haciendo honor a su gens3. Adriano no intentó hacer una reorganización administrativa, simplemente quería romper el vínculo de un pueblo con su tierra4. Un par de siglos después, Constantino hizo lo propio con Bizancio, cambiando su nombre a Constantinopla, un nombre que se mantuvo incluso después de la caída en manos de los otomanos en 1453.
Estos ejemplos son, hasta cierto punto, oportunistas. Para encontrarnos con cambios planificados, estructurados y de amplio alcance, tenemos que esperar hasta el siglo XIX, cuando el nacionalismo rampante en Europa encuentra un magnífico aliado en la toponimia. Sin marcharnos de Constantinopla, su nombre oficial cambió finalmente a Estambul en 1930, cuando la república turca ya estaba establecida y la estrategia ya se había usado en toda la Anatolia para borrar topónimos griegos, armenios y kurdos5.

Este borrado radical queda casi como algo de aprendices si lo comparamos con lo que hizo Ettore Tolomei. Tolomei nació en el Tirol en 1865, cuando aún era austriaco. Dedicó casi toda su vida a defender que la parte sur de aquel territorio era italiana por derecho y que los siglos de historia germana no eran más que una interrupción. Su dedicación al nacionalismo italiano le llevó a fundar en 1906 la revista Archivio per l’Alto Adige en la que Tolemei defendía año tras año esa tesis.
El punto de inflexión llegó cuando se percató de la importancia de los nombres. Tolomei fue una de las primeras personas de la historia que comprendió la importancia de los nombres para reclamar un territorio. Si esos nombres están en tu mismo idioma en un mapa, ya comienzan a sonar tuyos. Fue así como en 1916, con la entrada de Italia en la Primera Guerra Mundial, se constituyó una comisión de tres personas para traducir al italiano cerca de doce mil topónimos alemanes y ladinos del Tirol del Sur. La lista completa se publicó en junio de aquel mismo año con el nombre de Prontuario dei nomi locali dell’Alto Adige y, en esta ocasión, no fue una publicación de su revista de nicho, sino una edición de la Real Sociedad Geográfica Italiana.

En 1923, cuando el fascismo llegó al poder, un real decreto convirtió en oficiales todos los topónimos de Prontuario. De este modo tan fulminante, un solo nombre, acompañado de su inagotable nacionalismo, consiguió reescribir la nomenclatura entera de una región para intentar borrar su pasado alemán y ladino.
Como hemos visto, no fue el primero, ya que el Prontuario se publicó en el mismo año que los turcos comenzaron a borrar la historia griega, kurda y armenia, pero sí que fue el primero que lo hizo de forma metódica y con el apoyo incondicional de una sociedad geográfica.
¿Y sabéis por qué me he acordado de Tolomei esta semana? Porque Tolomei tampoco hablaba en ningún momento de cambiar nombres. En todo momento planteó su trabajo como un intento de devolver a los lugares su nombre. Sostuvo que los topónimos habían sido germanizados y que él solo estaba recuperando su pasado italiano. La farsa se cae por sí sola cuando, rascando un poco, nos encontramos con múltiples traducciones erróneas e invenciones fonéticas de lo más variopintas.
Tolomei quería restaurar; precisamente lo mismo que busca hacer Trump cien años más tarde.
Y no, esto no solo es una estrategia autoritaria
Como suele suceder, la historia suele ser bastante más incómoda de lo que nos suele apetecer. Uno de los borrados toponímicos más salvajes de la historia moderna tuvo lugar en Francia en 1793, cuando la Convención Nacional invitó a las comunas francesas a deshacerse de cualquier nombre que recordase a la monarquía, el feudalismo o la religión. Y fue más allá, también castigó a Lyon, que se había levantado contra la Convención Nacional, renombrando la ciudad como Commune-Affranchie. Pero el castigo de Marsella posiblemente sea uno de los mejores ejemplos de rencor histórico: pasó a llamarse Ville-sans-Nom entre el 6 de enero y el 12 de febrero de 1794. Sí, la Ciudad sin Nombre.

Muchos de los españoles que me leéis estaréis pensando en la Ley de Memoria Histórica de 2007, que, entre muchas otras cosas más relevantes, proponía tomar las medidas oportunas para la retirada de escudos, insignias, placas y otros objetos o menciones conmemorativas de exaltación, personal o colectiva, de la sublevación militar, de la Guerra Civil y de la represión de la Dictadura6.
Fijaos que la ley no decía directamente que hubiera que cambiar nombres de municipios, calles o plazas, pero en la ejecución muchos interpretaron, a mi parecer de forma correcta, que muchas plazas, calles y municipios tenían nombres que bien servían como “menciones conmemorativas”. De algún modo, España en pleno siglo XXI aún necesitaba repensar si algunos municipios debían abandonar su nombre franquista, como ya había hecho Ferrol al quitarse el apellido “del Caudillo” en 19827.

El franquismo había jugueteado con la toponimia, y la democracia hizo lo propio, aunque a un ritmo notablemente más lento. Villafranco del Guadalhorce no cambió su nombre a Villa del Guadalhorce hasta 2025, pero tiene una explicación. Este pueblo se había fundado en 1964 y su primer nombre, otorgado por el Instituto Nacional de Colonización, ya era franquista. Aquí no hablamos de recuperar su nombre anterior, hablamos de renombrar para borrar el pasado franquista que, si me preguntáis, me parece totalmente oportuno. No así al PP y a Vox, que votaron en contra de este cambio.
Lo bueno que se puede decir es que, en España, los cambios de nombre en democracia se han tomado de modo democrático. Y quizá eso sea lo más pertinente. No es tanto explicar por qué se cambia el nombre, sino determinar cómo se decide ese cambio. Si Trump quiere proponer un nuevo nombre para el lago Ontario, está en su mano lanzar una propuesta formal para que sea revisada por las juntas de nombres geográficos de Canadá y Estados Unidos. Esto llevaría a un proceso de consulta previo y, quizá, a un acuerdo que permitiría hacer las cosas bien.
También es relevante hasta qué punto el nombre se sustituye o se le permite convivir con el viejo nombre. En España tenemos los tres ejemplos posibles: Girona sustituyó a Gerona en 1980; Pamplona e Iruña coexisten desde 1990, y Vitoria-Gasteiz optó por la opción compuesta como nombre oficial en 1979.
Si optas por sustituir el nombre, lo más importante es ver a quién se le está quitando ese nombre. Si lo que se hace es borrar el nombre colonial, como se hizo con el monte Denali, como ya os conté, se da prevalencia a los que la historia ha aplastado. Pero si lo que haces es borrar el pasado indígena wendat de una región para ensalzar un ideal nacionalista y supremacista, lo que estás haciendo es abusar de tu posición de poder.
Pero bueno, Trump insiste en que está honrando la historia.
Por petición popular, os dejo por aquí un botón para procrastinar, por si os pillo aburridos. Cada vez que pulséis en él, os llevará a un mapa distinto de los más de 1300 que tiene el catálogo.
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Haciendo a los Grandes Lagos aún más grandes.
Entendiéndose América como la denominación europea del continente. Por supuesto, el continente en sí estaba ahí antes que el nombre de cualquier lago.
Lo cual funcionó bastante bien, ya que casi dos mil años más tarde todavía sigue siendo un tema candente.
El edicto, publicado por Enver Pasha en 1916, obligaba a que todos los topónimos cuyo origen no fuera de pueblos musulmanes tuvieran que cambiarse.
Sí, he citado directamente el artículo 15.1 de esa ley, para que no haya interpretación posible en esto.
Ferrol fue Ferrol desde el siglo XI hasta 1938, cuando Franco renombró su ciudad de origen como Ferrol del Caudillo. Este nombre aguantó la friolera de 44 años hasta que recuperó su nombre original. En este caso sí que fue un ejemplo indudable de recuperación.



Y los hispanohablantes cómo deberíamos llamar a ese lago? Porque hablando en inglés América es sinónimo de Estados Unidos; pero en español América es todo el continente, desde Alaska hasta Ushuaia. 🤷🏻♀️
Aquí en Galicia las traducciones al castellano de la toponimia fueron un despropósito: desde el más conocido Sanxenxo por Sanjenjo, sería San Ginés, a Mesón del viento a un lugar que era Mesón do Bento (un mesonero), Pejigo de arriba y de abajo (Pexego es melocotón) … y muchísimos más.