España vacía y vaciada: lo que le debemos a quien se quedó
Newsletter #190 – 2026/06/28
Este es un artículo que llevo muchos años pensando en escribir. Cuando mantenía el viejo blog, siempre fue uno de los borradores que tenía; lo daba vueltas, pero nunca conseguía encontrar la forma de transmitir lo que quería contar1. Los años pasan, he continuado leyendo bastante sobre el tema y creo que ha llegado el momento de hablar sobre ello.
Buen domingo a todos,
Segovia, mi ciudad, tiene una extraña relación con Madrid. A pesar de su cercanía2, son dos mundos demográficamente dispares. Madrid es la provincia más densamente poblada de toda España, con 886 habitantes por kilómetro cuadrado, mientras que Segovia es la novena menos poblada, con 22 habitantes por kilómetro cuadrado. De hecho, Segovia lleva décadas nutriéndose en parte del desbordamiento poblacional de Madrid: no cabe más gente en la capital, y mucha gente se tiene que mudar a lugares más económicos, pero a una distancia que permita ir cada día a trabajar. Si no fuera así, Segovia posiblemente tendría muchos menos habitantes.
Esto hace que Segovia se ubique en un extraño límite. Si miramos al este de la provincia, sabemos a la perfección lo que es la despoblación, aunque en el sur de la provincia seamos cada vez más personas gracias al efecto Madrid.
El artículo de hoy trata precisamente de esos extremos. Del proceso que llevó a que casi la mitad del territorio español esté habitado únicamente por un 9 % de su población. De los nombres que se han dado a ese proceso y la intención detrás de cada nombre. De qué soluciones puede haber, o qué medidas son realmente necesarias para garantizar la dignidad de los que habitan estas tierras. Y de mapas que ayuden a explicar un poco mejor este fenómeno.
La España que nadie quería ver
No leí Los Santos Inocentes de Miguel Delibes hasta hace apenas dos años. El libro es una auténtica maravilla, así que pude leérmelo de principio a fin en un largo viaje en avión a Colombia. Del tirón, como ningún otro libro en los diez últimos años3. Tengo claro que gran parte de ello es la prosa de Delibes y cómo es capaz de llegar a lo más profundo, pero creo que también por la temática. Siempre he dicho que me gusta entender la historia de cómo las sociedades han cambiado, la gente de a pie, y este libro es un perfecto ejemplo de ello.

La novela está ambientada en La Raya, la región fronteriza entre España y Portugal, en los años sesenta. Trata la historia de Paco y Régula, dos trabajadores en un cortijo extremeño, y de sus hijos. Además de la dura vida en el campo y la miseria de aquel lugar y aquella España, Delibes también trata de forma inevitable el éxodo rural y la ciudad como una posible salida que no está al alcance de todos.
Entre 1950 y 1970, en España tuvo lugar uno de los éxodos rurales más intensos de Europa. Millones de personas abandonaron el campo para ir a los grandes centros urbanos de España, como Madrid, Barcelona o Bilbao, aunque también hubo muchos que marcharon a Francia y Alemania. Aunque sea un proceso común en todo el mundo, en el caso de España tuvo el añadido de las políticas desarrollistas franquistas: la industrialización se concentró en polos urbanos seleccionados, lo que dejó al campo como una reserva de mano de obra barata. Las personas que abandonaron regiones como La Raya en los sesenta no tomaron una decisión realmente libre; tuvieron que jugar con la única opción de futuro que permitía el sistema.

Hasta aquí es algo que cualquiera que haya estudiado historia de España o algo de geografía conocerá de sobra. Lo que no se cuenta tan a menudo es que ese no fue el final de la despoblación, sino que continuó como una enfermedad silenciosa que siguió afectando a las mismas regiones de forma consistente. Las familias que tenían posibilidad de acumular algunos ahorros intentaron convencer a sus hijos para que estudiaran y se marcharan a la gran ciudad, donde había más opciones de progresar en la escala social y vivir algo mejor4.
Entre 2001 y 2023, España creció en seis millones de personas, pero no creció por igual. El 76,6 % de los municipios españoles han perdido población en la última década y no hablamos únicamente de pueblos de cien habitantes: 29 de las 50 capitales de provincia también han perdido población. Si miramos los datos del padrón 2022, los números aún son más claros: la mitad de las personas nacidas en Soria, Cuenca, Ávila, Zamora, Teruel o Segovia ya no viven en su provincia. En el caso de Ávila, casi un tercio de las personas que nacieron en la provincia viven actualmente en Madrid, lo mismo que sucede con un cuarto de las personas nacidas en Segovia5.
Un mapa que lo pone todo en su sitio
Alberto Zamorano Cuesta, un estudiante de Ciencias Políticas y Sociología, publicó en 2024 un interesante Trabajo de Fin de Grado: Entre la persistencia y el olvido: hacia una clasificación comarcal de la despoblación. El título es una declaración de intenciones y, sin ser revolucionario en su concepto, sí que aportó datos y precisión a la discusión pública6.
Zamorano construyó una base de datos con las 345 comarcas españolas, para las que incorporó diez variables demográficas relevantes para el análisis: densidad de población, tasa de crecimiento, índice de envejecimiento, índice de masculinidad, porcentaje de inmigrantes, edad media, empresas per cápita, evolución del tejido empresarial, renta media del hogar y su evolución7. Con todo eso, clasificó cada comarca dentro de un grado de despoblación.

Intuitivamente, muchas veces se habla de orografía y topografía del terreno cuando se habla de las causas de la despoblación en España, pero el mapa desmiente esto de forma tajante. Tanto el Pirineo como importantes regiones del Sistema Central y del Sistema Penibético aparecen con cierto grado de expansión, mientras que importantes regiones de la meseta norte aparecen directamente afectadas por la despoblación8. La geografía física no parece ser algo que explique este fenómeno, o al menos no como factor fundamental.
Lo que sí que es interesante es que las comarcas que tienen una despoblación media, alta o extrema están unidas de forma casi continua. El noroeste de España es donde se encuentra la despoblación más extrema del país, y de ahí recorre los extremos de la meseta norte, extendiéndose por un lado hacia el este y por otro hacia el sur, formando la Herradura Española. Esto puede que no responda a la geología o al clima, pero sí que parece tener una explicación: lo alejadas que están estas comarcas de los centros de poder económico y la ausencia de infraestructuras que acorten esas distancias.

La Raya Leonesa acumula casi todas las comarcas donde la despoblación es extrema: La Cabrera, Sanabria, Aliste, Sayago, Vitigudino, Ledesma y Fuente de San Esteban. En un territorio más grande que las provincias de Madrid, Barcelona y Valencia, únicamente viven 58.192 habitantes. Tiene un índice de envejecimiento del 726 %, es decir, por cada menor de quince años hay siete mayores de sesenta y cinco. En los últimos veinte años, esta región ha perdido un 30 % de su población para quedarse en una densidad de apenas 5 habitantes por kilómetro cuadrado.
El mismo territorio que Delibes retrató en su novela, pero sesenta años después, con muchos menos habitantes y exactamente los mismos problemas estructurales.
El tren que lo cambió todo y el que no llegó
Siguiendo con las posibles causas, Zamorano también apunta en su trabajo, como muchos otros, el desproporcionado crecimiento del área metropolitana de Madrid, en gran parte gracias a su red de trenes de Cercanías y los convenios de transporte existentes.

Segovia, Ávila, Guadalajara o Toledo ya tenían una conexión directa con Madrid hace medio siglo. Si comparamos esto con la Herradura Española, nos encontramos con una interesante correlación: las comarcas que han mantenido esa conectividad con Madrid son las que mejor han superado el reto demográfico, mientras que el resto afronta distintos niveles de despoblación.
Esta conexión ha cambiado mucho a lo largo de las décadas; algunas líneas de tren se han mantenido y aún operan de forma continuada, otras se han visto reemplazadas por completo por otros medios de transporte como el autobús, lo que en muchos casos ha limitado el alcance y la frecuencia. Además, algunas comarcas han conseguido establecer un convenio de transporte con la Comunidad de Madrid que ha garantizado esos servicios, como es el caso de La Sagra-Toledo, Torrijos o Campiña, donde hay una expansión demográfica claramente superior a las comarcas de Castilla y León donde no se lograron esos convenios, como Segovia y Ávila. La distancia a Madrid es comparable, pero la política de transporte no lo es, y esa diferencia de coste también ha sido partícipe en las dinámicas de despoblación.
En las últimas tres décadas, este problema no ha hecho más que ahondarse. España puede presumir de haber construido la red de alta velocidad más extensa de Europa y la segunda del mundo, con cerca de 4.000 kilómetros de AVE. El problema es que esa red tiene una estructura radial, con Madrid en el centro, y se financió (y aún se financia) a costa de clausurar la red histórica de ferrocarril de media distancia que conectaba los territorios entre sí. Ciudades como Ciudad Real tienen una estación de AVE que permite a cualquiera viajar entre ambas ciudades en poco más de una hora, pero al mismo tiempo perdió su servicio de media distancia y, con él, también se perdieron todas las paradas que daban servicio a muchas comarcas y municipios.
En España muchas veces hemos alabado los planes de reconversión de antiguas líneas de ferrocarril en vías verdes para poder disfrutar del territorio en bici o caminando, pero a veces se nos olvida lo que eso realmente esconde: Más de cien líneas de ferrocarril se han cerrado y han cesado de dar servicio a cientos de municipios de gran parte de España.
Está claro que esa degradación ha sucedido en Francia, en Italia, en el Reino Unido o Alemania, pero en España la combinación de factores ha sido devastadora. El modelo radial y la concentración en Madrid han creado un fuerte polo de atracción; el éxodo rural ha sido acelerado y ha ayudado a tomar decisiones políticas que quitaban pocos votos; los que quedan son cada vez menos, así que el castigo electoral se hace casi insignificante. Cuando esta práctica se continúa durante décadas, se convierte en algo que no se puede arreglar en una legislatura.
España vacía y España vaciada
Cuando se habla de despoblación en España, suele haber un libro de referencia que siempre se pone sobre la mesa: La España vacía, publicada por Sergio del Molino en 2016. Se trata de un ensayo literario y personal en el que del Molino ahonda en el imaginario popular y esa construcción que todos tenemos del interior de España, una construcción cultural que llegó de la mano de escritores como Antonio Machado, Miguel de Unamuno o Gustavo Adolfo Bécquer.
A pesar de que el libro tiene un claro enfoque en la construcción cultural y cómo las llanuras vacías llegan al imaginario popular, catalizó un debate político que casi nadie vio venir. Desde que se publicó el libro, el término “España vacía” comenzó a aparecer en artículos, en titulares e incluso en discursos parlamentarios. Y aquí el debate semántico se volvió relevante: muchos movimientos sociales de zonas afectadas por la despoblación alzaron la voz y dijeron que no es que esa región de España estuviera vacía, es que había sido vaciada.
La España vacía implica un proceso natural, algo meramente descriptivo. La España vaciada implica agencia, responsables y el hecho de que podría haberse evitado. Este movimiento cristalizó el 31 de marzo de 2019, cuando más de cien mil personas se manifestaron en Madrid convocadas por la Revuelta de la España Vaciada, liderada por Teruel Existe y Soria ¡Ya!9. Hasta la fecha, esta ha sido la mayor movilización sobre despoblación en la historia de España, e incluso se tradujo en un escaño para Teruel Existe en el Congreso en las elecciones de noviembre de aquel mismo año.

Aquí he de ser sincero. Aquel 2019 pensé que estábamos ante un cambio en las dinámicas políticas de España. Con la pandemia de covid, me pareció evidente que el teletrabajo iba a fomentar que muchos de los que habían abandonado su tierra regresasen, ya que el coste de la vida en las zonas rurales es mucho más asequible que en Madrid o en la costa de España. Pasaron los años y se ha demostrado que fueron los menos. Y mientras tanto, aquel movimiento político de la España Vaciada no hizo más que desinflarse, con su coalición logrando apenas 40.000 votos en las elecciones europeas de 2024.
Yo estaba convencido de que el marco de la España Vaciada era el correcto y, en parte, sigo creyéndolo. Durante décadas se han tomado decisiones políticas que han fomentado que estemos como estamos a día de hoy, y es legítimo exigir responsabilidades. Pero hablando con un amigo, me planteó una perspectiva en la que no había caído hasta entonces: ¿y si el objetivo no debe ser revertir la despoblación, sino garantizar que quien viva en esas comarcas lo haga dignamente?
Reconozco que la diferencia es sutil, pero creo que es muy importante. Es algo que varios académicos han planteado desde hace décadas con más rigor y menos dramatismo y, por lo que sea, suele ignorarse de forma sistemática en el debate público y político.
¿Y si la despoblación no tiene solución?
Fernando Molinero lleva cuatro décadas siendo una importante referencia en la geografía rural de España. Es catedrático emérito de la Universidad de Valladolid y fundador del grupo de investigación Mundo Rural. Vivió en primera persona el éxodo rural en los años 60 y hace años dijo con claridad algo que pocas veces se dice: “La despoblación no tiene solución”10.
Esa afirmación puede sacarse muy fácilmente de contexto, así que es importante dejar algo claro: Molinero no propone en ningún momento abandonar esos territorios, sino potenciar los centros comarcales, garantizar los mismos servicios que las ciudades y dejar de hablar de cómo revertir la despoblación. Dicho de otro modo, el objetivo no tiene que ser encontrar la forma de conseguir que la gente vuelva, sino de garantizar la dignidad para los que decidieron quedarse. Esa decisión no puede privarles de ningún derecho que esté garantizado para otros españoles.
Joaquín Recaño es otro académico que también se ha adentrado en este tema. Trabaja como demógrafo en el Centre d’Estudis Demogràfics de la Universidad Autónoma de Barcelona y en 2017 puso cifras al problema con una conclusión semejante. En su estudio11 evaluaba la sostenibilidad demográfica de la España vacía y clasificó los municipios rurales en tres grupos: los de resiliencia demográfica, los de emigración y los que están en riesgo de despoblación irreversible.
En el último grupo situó 1840 localidades que, además de perder población, también habían perdido la capacidad biológica de recuperarla. Las tasas de natalidad son extremadamente bajas, el envejecimiento es extremo y la brecha de género tan pronunciada que no hay política razonable que sea capaz de revertir esa tendencia en un plazo político relevante12.

Fernando Collantes y Vicente Pinilla también llevan tiempo investigando la despoblación rural española y en 2019 publicaron su libro ¿Lugares que no importan?, donde ahondan en el análisis histórico para entender mejor el proceso13. Una de las conclusiones de este libro es más desesperanzadora si cabe: no es que no haya habido políticas que se hayan aprobado, es que ninguna se ha aplicado de verdad. Un gran ejemplo de esto es la Ley de Desarrollo Sostenible del Medio Rural de 2007, que contemplaba planes específicos para comarcas en riesgo de despoblación, pero que nunca tuvo presupuesto para aplicarse.
En 2019, cuando arrancó el movimiento político a nivel nacional, gran parte de los académicos que estudiaban desde hace décadas el tema ya hablaban de que se había llegado a un punto de no retorno demográfico y que la clave era garantizar servicios dignos, no revertir tendencias.
¿Se puede arreglar? ¿Debería arreglarse?
Antes de responder, vamos a irnos fuera de España a buscar otro ejemplo.
Entre 1841 y 1951, las Highlands escocesas habían perdido más de 110.000 personas, lo que había supuesto una pérdida de casi el 30 % de la población. Gracias a una política activa en el conjunto de Escocia, esa tendencia se logró revertir entre 1961 y 2011: aumentó la población un 22 %, por encima del crecimiento del resto de Escocia. Esto se hizo gracias a la agencia Highlands and Islands Enterprise14, la cual tenía financiación continua y políticas que iban más allá de lo meramente agrícola: vivienda accesible, diversificación económica, apoyo al emprendimiento, inversión cultural e infraestructuras. Fueron décadas de política pública consistente, sin que los cambios de gobierno trastocaran el plan.
Eso es lo que se suele contar como historia de referencia, pero incluso esa historia es matizable más allá de los datos. La despoblación en las Highlands se frenó, pero no de manera uniforme. Gran parte del crecimiento fue en Inverness, la ciudad más importante, y sus alrededores. Hubo algunas zonas que perdieron algo de población, llegando al caso extremo de las Hébridas Exteriores, que incluso con esas políticas perdió un 15 % de población.

En teoría, este modelo se podría replicar. En la práctica, exige exactamente lo que España no ha demostrado tener: continuidad, paciencia y financiación específica que sea inmune a los ciclos electorales. El movimiento de la España Vaciada lo lleva reclamando desde 2019; se ha firmado algún compromiso e incluso se ha presentado algún plan. Pero en 2026 las infraestructuras aún no se están construyendo, los transportes no mejoran y los servicios mínimos garantizados siguen sin estar garantizados.
Conocemos el problema, pero quizá tenemos que entender mejor qué es lo que queremos solucionar. ¿Para quién queremos repoblar exactamente? ¿Para los 58.000 habitantes que quedan en la Raya Leonesa? ¿O quizá ese imaginario colectivo, reforzado por la vida que muchos de esos pueblos recuperan cada verano durante las fiestas populares?
Con una visión idealizada, muchos tienden a menospreciar los problemas reales y buscan soluciones que se alejan de la realidad de los que todavía habitan la tierra. Los españoles que aún están en esas comarcas despobladas quieren lo que fundamentalmente queremos todos y que algunos damos por hecho: acceso a sanidad de calidad, acceso a educación de calidad, infraestructuras modernas y transporte público. Todo eso costará dinero. Quizá mucho dinero, pero es un dinero que se debe a todos los que fueron abandonados por unas políticas que dieron preferencia a otros territorios frente al suyo.
No hay que garantizar la repoblación, pero sí que hay que garantizar dignidad para quien se quede.
Por petición popular, os dejo por aquí un botón para procrastinar, por si os pillo aburridos. Cada vez que pulséis en él, os llevará a un mapa distinto de los más de 1200 que tiene el catálogo.
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En general, no suelo ser una persona que dé muchas vueltas a lo que escribe, o al menos no hasta el punto de escribir y reescribir. Me consta que hay infinidad de formas de contar una historia, así que elijo una con la que me siento cómodo y tiro hacia delante. Puede que no siempre sea la mejor forma, pero al menos será mi forma de contarlo.
Unos 90 kilómetros por autopista (1 hora en coche o autobús) y unos 65 kilómetros en línea recta (28 minutos en AVE).
Siempre he tenido algo de déficit de atención, pero en los últimos 15 años con los móviles, eso no ha hecho más que empeorar. Y eso que me intento esforzar para que no sea así.
Esto no es una perspectiva mía, es una realidad estudiada académicamente: la selectividad migratoria. Las regiones despobladas del interior de España no han perdido población de forma aleatoria en las últimas décadas, sino que han perdido preferentemente a los más formados, lo que ha generado un empobrecimiento del tejido social y económico de esos territorios. Aquí podéis leer un artículo al respecto.
Evidentemente, la emigración ha existido en todas las provincias, pero no por igual. Como referencia, el 90 % de los nacidos en Valencia aún vive allí, igual que el 90 % de los nacidos en Alicante, el 87 % de los nacidos en Murcia, el 86 % de los nacidos en Barcelona o el 84 % de los nacidos en Madrid. En el caso de las islas, los números son más altos aún.
Aquí os dejo el PDF donde podéis leer todo el Trabajo Fin de Grado.
Zamorano también ha creado una maravillosa web donde se pueden explorar todos estos valores de forma interactiva en un mapa de las comarcas de España.
Para los que no estéis familiarizados con la topografía de España, os dejo este mapa como referencia.
Teruel Existe y Soria ¡Ya! son los dos movimientos políticos más relevantes que han conseguido alzar la voz contra la despoblación y han logrado representación política de peso en parlamentos regionales e incluso a nivel nacional en el caso de Teruel Existe.
Lo dijo en una entrevista para Diario16 que aún se puede leer en esta web. El artículo académico de referencia es este otro: El espacio rural de España: evolución, delimitación y clasificación.
Aquí os dejo el enlace a otro estudio que publicó en 2023, donde amplía y actualiza aquel estudio inicial.
Porque sí, nos guste o no, esto es uno de los problemas de la democracia. Los plazos políticos dictan casi siempre el tiempo con el que se planifican ciertas políticas.
También publicaron un artículo en 2020 sobre el tema que os recomiendo leer.
La agencia se fundó en 1965 como Highlands and Islands Development Board (HIDB), y no se llamó Highlands and Islands Enterprise hasta 1991.




Muy buen artículo. Me parece especialmente valiosa la distinción: quizá repoblar no es verosímil hoy, pero sí garantizar una vida digna a quienes se quedaron.
Dicho esto, creo que el debate sobre la “España vaciada” necesita una capa histórica adicional. Parte de esa España ya era, en cierto modo, una España vacía: un territorio de baja densidad, condicionado por la orografía, la estructura agraria, la distancia a los grandes ejes europeos y una historia de repoblación medieval durante la Reconquista cuyos efectos territoriales todavía resuenan. La despoblación reciente existe, claro, pero se injerta sobre una geografía humana que nunca fue homogénea. Cuando se observan la llanuras despobladas de la herradura no cabe una nostalgia por un pasado que nunca fue: aunque hayan perdido porcentualmente población, siempre estuvieron muy despobladas. El relato político de la España vaciada a veces también se sirve de este engaño.
En este debate también creo que cabe introducir las ventajas inapelables de la concentración urbana. Solemos hablar de sus costes —vivienda, contaminación o congestión—, pero menos de los enormes beneficios que generan las economías de aglomeración: mayor productividad, innovación, especialización, mejores servicios públicos y más oportunidades. Las grandes ciudades no son solo aspiradoras demográficas; también son máquinas de productividad, innovación, especialización y movilidad social. Muchas oportunidades que asociamos al progreso nacen precisamente de esa densidad.
Por eso quizá el dilema político sea más incómodo de lo que solemos admitir. No todas las igualdades pueden maximizarse al mismo tiempo. Si España quería industrializarse, modernizarse y acercarse en riqueza a Europa, probablemente tenía que aceptar cierto grado de concentración territorial. La cuestión justa, entonces, es asumir que no todos los lugares pueden tener el mismo dinamismo económico. Y que, como dices, habrá que vigilar qué mínimos de dignidad, conectividad, sanidad, educación y transporte debe garantizar el Estado a quienes viven lejos de los grandes centros.
Gracias por sacar tiempo para trabajar un tema tan interesante.
Muito bom artigo, as semelhanças com Portugal são enormes