Leo Belgicus, el mapa que dibujó una nación
Newsletter #180 – 2026/04/19
Buen domingo a todos,
Los que me seguís por aquí desde hace tiempo, sabéis que entre mis muchos intereses está entender los nacionalismos y cómo se construyen sus mitos fundacionales. Algunos ejemplos clásicos son de sobra conocidos, como los italianos mirando hacia la Roma clásica, los franceses con Carlomagno y Juana de Arco, o los españoles y la Reconquista. Todos ellos coinciden en la necesidad de anclar en un pasado histórico y reconocible algo que pueda servir de unidad para todos los habitantes de un lugar, para así construir una identidad común.
Lo que sí que es singular es que ese mito fundacional sea, literalmente, un mapa.

El Leo Belgicus es una de las ideas cartográficas más reconocibles y repetidas de los siglos XVI y XVII. Es exactamente lo mismo que parece: un mapa del Benelux, el territorio que actualmente conforman Países Bajos, Bélgica y Luxemburgo, con forma de la silueta de un león. El Leo Belgicus no inventó la cartografía figurativa y antropomorfa; ese mérito quizá sea para la Europa Regina. Pero el Leo Belgicus sí que tiene tras de sí una historia mucho más rica, al nacer en Colonia, por iniciativa de un austriaco, para apoyar en la guerra contra el Imperio español. ¿Y dónde está la nación y el nacionalismo de los que hablaba al comienzo? Pues que este mapa lleva el nombre de un país que nacería 250 años más tarde.
Las tierras de acá
A mediados del siglo XVI, el Benelux carecía de toda cohesión. No era más que una amalgama de diecisiete provincias con poco en común. En las últimas décadas, habían estado bajo el control de Borgoña y habían pasado al Imperio español cuando Carlos I heredó los territorios de sus abuelos. La Corona española tampoco tenía especial interés en que esas tierras se integrasen, sino que le bastaba como una buena fuente de ingresos. El territorio no tenía ni siquiera un nombre definido. Durante el periodo de Borgoña se había conocido como De landen van herwaarts over1, una expresión que por sí misma dice mucho sobre la cohesión de las provincias.
Las provincias eran una confederación laxa, con intereses, tradiciones y lenguas dispares. Lo único que consiguió unirlas fue el hartazgo contra la opresión de gobernantes lejanos. Los impuestos eran altos, sin que revertieran directamente en nada visible para la sociedad. La represión religiosa no hacía más que ir en aumento, con las provincias del norte girando hacia el protestantismo, mientras que la Corona española se mantenía firme dentro del catolicismo. Todo esto desembocó en el estallido de la guerra en 1568.

La Guerra de los Ochenta años levantó a las Diecisiete Provincias contra el Imperio español. El conflicto se alargó, con tratados y treguas entre medias, hasta 1648. En 1579, las provincias del norte firmaron el Tratado de Utrecht, con el que formaron una alianza defensiva que ayudó a incrementar la cohesión. Dos años más tarde, en 1581, esa federación proclamó su independencia como la República de las Siete Provincias Unidas, mientras que el sur se quedó bajo dominio español.
Ante la necesidad de algo que pudiera unir a las provincias en conflicto, estas recurrieron al antiguo topónimo de Bélgica. Este nombre tiene su origen en Belgae, las tribus que habían poblado esa región cuando Julio César llegó con sus legiones y las describió en De bello gallico: “Los belgas son los más valientes de todos los galos”. Tras la conquista de César, el Imperio Romano convirtió a este territorio en la provincia de la Gallia Belgica.
Más de mil quinientos años después, aquel nombre olvidado volvió a encontrar una utilidad. Nadie sentía relación alguna con las antiguas tribus conquistadas por los romanos; simplemente era el único término lo suficientemente amplio y neutro que pudiera abarcar a todas. Fue en ese contexto, con la guerra todavía en marcha y un territorio en busca de su identidad, cuando surgió el Leo Belgicus.
El león que ya estaba ahí
Michaël Eytzinger fue un noble austriaco que, en 1583, publicó en Colonia una obra sobre la historia de los Países Bajos, a la que llamó Novus de Leone Belgico2. Las páginas de ese libro incorporaban múltiples grabados, entre los que se encontraba un particular mapa grabado en cobre por Franz Hogenberg que se convertiría por méritos propios en la imagen más icónica de la guerra, el Leo Belgicus.

En el prefacio del libro, Eytzinger explicaba la iconografía detrás de este mapa. Belgicus, como ya hemos visto, hacía referencia a la tribu con la que se encontró César, la más valiente de todas las tribus galas. El león, por su parte, era el animal que representaba la valentía que, además, podía entreverse en el contorno del territorio si se miraba con cierta predisposición.
Pero incluso sin mucha predisposición, el león no fue una invención de Eytzinger; ya estaba allí. Aparecía en los escudos de armas de catorce de las diecisiete provincias, entre las que se encontraban Brabante, Flandes, Güeldres, Henao, Holanda, Limburgo, Luxemburgo, Namur o Zelanda. Además, también estaba en el estandarte de Guillermo de Orange, el líder de la rebelión contra la Corona española.

El mapa de Eytzinger mostraba un león erguido sobre sus patas traseras en el sur, con la cabeza en el noreste, la cola postrada en el sureste y la costa del mar del Norte dibujando el contorno del lomo. No hay certeza sobre cómo llegó a esta visión, aunque la hipótesis más extendida es que la boca del león se corresponde con una franja rectangular atípica cerca de Coevorden, en la frontera con Alemania, que pudo servir de punto de partida para crear esta imagen.
Un siglo de leones
El Leo Belgicus no fue una idea en un mapa de un libro que cayera en el olvido. Durante el siglo siguiente, el mapa se redibujó en numerosas ocasiones y se reinterpretó en docenas de versiones. Cada uno de esos mapas tenía la peculiaridad de reflejar el estado de ánimo político de cada momento.

Una de las versiones más famosas fue la de Claes Janszoon Visscher, publicada poco después de 1609, cuando se firmó la Tregua de los Doce Años, un armisticio negociado con España. En este mapa, el león lleva una espada enfundada y mirando hacia abajo, lo que hace referencia directa a la tregua. Alrededor de la figura del león aparecen escenas pastorales que ahondan en esa idea de paz que puede garantizar la prosperidad. Encima de la cola del león, dos mujeres representan a las provincias del norte y del sur sobre un anciano sometido con el nombre d’Oude Twist3. En conjunto, es un perfecto ejemplo de propaganda de la paz.
Jodocus Hondius, uno de los cartógrafos más importantes de la historia, también publicó su propia versión. Mantiene la idea del león como símbolo de la región, pero redibuja por completo su posición. Con un mapa en el que el oeste está en la parte superior, la cara del león aparece en el suroeste y la cola en el noreste, totalmente opuestos a la posición original, aunque el lomo sigue recorriendo la costa del mar del Norte.

Pieter van den Keere también publicó una interesante versión del Leo Belgicus en 1617, como parte de su obra Germania Inferior, el primer atlas dedicado íntegramente a un país4. Una importante diferencia de van den Keere frente a Visscher o Hondius es que este sí que fue lo suficientemente escrupuloso como para atribuir la idea a Michaël Eytzinger en el reverso del mapa por haber sido el primero en representarlo.
Leo Hollandicus
En 1621, ambos bandos no lograron ponerse de acuerdo para prorrogar la tregua, así que la guerra se reanudó. Durante 27 años más, las provincias continuaron luchando, hasta que en 1648, ochenta años después del comienzo del conflicto, la Paz de Westfalia lo puso fin de forma definitiva. El acuerdo mostraba las diferencias que aún existían entre las provincias. Las Siete Provincias del norte, Belgica foederata, obtuvieron la independencia que habían proclamado en 1581, y que a partir de ese momento el Imperio español reconoció formalmente.
Nicolaus Johannis Visscher, hijo de Claes, decidió celebrar esta independencia con un nuevo león. Un león que volvía a estar erguido, con la espada en alto, pero que ahora únicamente contenía la provincia de Holanda. El Leo Belgicus se había convertido en el Leo Hollandicus.

Las provincias del sur, la Belgica regia, se mantuvieron españolas, católicas y monárquicas. Esa división formalizó una frontera que llevaba décadas existiendo entre los dos mundos. Y con ello, el león se dividió en dos.
Dos siglos más tarde, Bélgica
Tras la Paz de Westfalia, la situación del territorio del sur no mejoró de forma inmediata. La persecución religiosa no fue necesaria, al tratarse de provincias católicas, pero la presión fiscal sí que se mantuvo. Y así siguió durante más de sesenta años, hasta que el Tratado de Utrecht de 1713 transfirió estas tierras a los Habsburgo austriacos, quienes gobernarían durante casi un siglo como los Países Bajos Austriacos.
La Revolución Francesa consiguió que Francia ocupase este territorio y, finalmente, con Napoleón, comenzó a desarrollarse económicamente gracias a la reapertura del río Escalda que los neerlandeses habían cerrado tras su separación del sur.
Y el león volvió a aparecer.

En el número del 11 de febrero de 1815, el Journal de la Belgique, publicado aún bajo dominio francés, tenía un pequeño Leo Belgicus en su portada. No era un gran mapa como los que vieron la luz en los siglos XVI y XVII, pero sí que contenía la esencia. Era el mismo animal, tenía el mismo territorio y expresaba una misma idea. El símbolo de Eytzinger había sobrevivido más de dos siglos y se mostraba como el mito de una nación que estaba a punto de nacer.
Tras la caída de Napoleón, el Congreso de Viena de 1815 optó por reunificar todas las provincias después de 167 años como el Reino Unido de los Países Bajos. No había una intención real de favorecer a las provincias del sur, sino que se buscaba crear un estado tapón al norte de Francia que limitase sus ansias expansionistas en el futuro.
Y claro, la realidad seguía siendo la misma: norte y sur tenían poco que ver. El norte continuaba siendo protestante y hablaba neerlandés; el sur era católico y mezclaba el francés con el flamenco5. Como era esperable, un rey que ya gobernaba el norte antes de la unificación, como fue el rey Guillermo I, continuó favoreciendo al norte, lo que aumentó las tensiones hasta que, durante las revoluciones europeas de 1830, los disturbios estallaron en Bruselas. En menos de un año, se constituyó un gobierno provisional, se proclamó la independencia y en julio de 1831, Leopoldo de Sajonia-Coburgo prestó juramento como primer rey de los belgas.
El León llevaba 248 años esperando.
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De landen van herwaarts over era la denominación utilizada por los duques de Borgoña en el siglo XV para referirse a sus posesiones en los Países Bajos. La expresión refleja la dualidad entre sus dos territorios: las tierras de acá (los Países Bajos), en contraposición a sus tierras de origen en Borgoña, conocidas como de landen van derwaarts over, las tierras de allá.
Literalmente, el Viejo Conflicto, en referencia a la guerra que se había dejado atrás. Al menos desde la perspectiva de esa época, aún no sabía lo que estaba por venir.
Técnicamente, el flamenco y el neerlandés son el mismo idioma, pero ya entonces eran dos dialectos muy diferenciados.


