Líbano
Newsletter #177 – 2026/03/29
Buen domingo a todos,
En febrero de 2009 habían pasado apenas 5 meses desde que había dejado mi primer trabajo1, y decidí hacer una visita a unos amigos que había dejado allí, aprovechando que tenía un día libre y todos ellos trabajaban. El nuevo trabajo me tenía todo el día viajando, así que, aunque estuviéramos en contacto por teléfono y por email, no había muchas oportunidades de poder juntarnos.
Como siempre, nos pusimos al día. Hablamos de cosas mundanas como el trabajo, pero también de algunos cambios vitales que algunos tenían en mente. Entonces fue cuando C. nos comentó que su hermana se casaba en agosto, y que tenía ganas de volver a Líbano para celebrarlo por todo lo alto. Además, la familia también quería que les acompañásemos en la boda. C. y su familia habían llegado a España a comienzos de 2007, y desde el primer día fueron gente extraordinariamente hospitalaria, con ganas de compartir y de aprender. A ninguno nos sorprendió la invitación y, tras pensarlo bastante poco2, fuimos tres los que aceptamos la invitación.

Nunca he sido una persona particularmente indecisa, y son incontables las veces que he tomado decisiones sin evaluar todo en detalle. Algo que es especialmente habitual cuando se trata de viajar. Aquel viaje al Líbano fue un ejemplo más. Recuerdo que estuvimos explorando distintas opciones y combinaciones para hacer el viaje aún más interesante. Una de las opciones era aprovechar para visitar Siria, aunque finalmente nos decantamos por Jordania, principalmente porque Petra pesaba mucho en la cabeza de todos. Os confieso abiertamente que muchas veces he recordado esta decisión, ya que no habrá otra oportunidad de visitar la Siria que pude haber visitado3.
Después de 4 ó 5 días en Jordania, llegamos a Líbano un 11 de agosto, y ahí descubrí algo para lo que no estaba absolutamente preparado.
Un país que no cabe en el mapa
El Líbano es un país con un tamaño insignificante. Con unos 10.000 kilómetros cuadrados de extensión, no llega a la extensión de Querétaro (México) o Asturias (España), pero cuenta con más de cinco millones de habitantes. Todos ellos apretados con el mar Mediterráneo al oeste, Siria al norte y al este, e Israel al sur. Un territorio limitado, que también esconde una gran historia de pueblos que lo habitaron y dejaron una marca innegable, como fenicios, persas, griegos, romanos, árabes, cruzados, otomanos o franceses4.
Uno pensaría que, con tantos habitantes y tan poco territorio, la geografía sería relativamente plana y fértil, pero nada más lejos de la realidad. Las montañas del Líbano alcanzan los 3.000 metros de altitud, a menos de 30 kilómetros de la costa, tras las que se encuentra el fértil valle de la Bekaa, tan solo separado de Siria por la cordillera del Anti-Líbano. Ese relieve deja una diversidad de paisajes que cubren mucho de lo que nos podemos encontrar en múltiples comunidades autónomas de España. Y bajo esas montañas también está uno de los tesoros más deseados de todo Oriente Medio: la mayor reserva de agua dulce de la región.

Esta geografía tan solo es el primer nivel de complejidad; el segundo es el religioso. Oficialmente, el Líbano reconoce dieciocho confesiones distintas: chiíes, suníes, drusos, alauitas, maronitas, griegos ortodoxos, griegos católicos, armenios e incluso una pequeña comunidad judía. Se sabe que todas las confesiones operan de forma activa, pero desde el censo realizado bajo control francés en 1932, no se ha vuelto a realizar otro. La razón puede parecer sorprendente, pero es una muestra del frágil equilibrio político del país.
Tras la independencia de Líbano, en 1943, los líderes del país establecieron un acuerdo no escrito que se conoce popularmente como el Pacto Nacional: el presidente de la república sería siempre un cristiano maronita, el primer ministro un musulmán suní y el presidente del Parlamento un musulmán chií. Con ese reparto se garantizaba que ninguna de las confesiones mayoritarias se quedara fuera del poder, pero también estableció una particular identidad religiosa. Este pacto sobrevivió a los 15 años de guerra civil, ya que el Acuerdo de Taif, firmado en 1989, consolidó esa división de poder con un ligero ajuste de las competencias. Un acuerdo que aún se mantiene en pie hasta la fecha de hoy5 y que, de realizar un nuevo censo religioso, podría echarse por tierra después de más de 80 años de democracia y convivencia.

Todo eso es lo que está escrito sobre el papel, pero la realidad de la calle es algo distinta. Recuerdo perfectamente caminar por Beirut y ver a una mujer con escote y otra con hiyab charlando, o una mezquita separada por pocos metros de una iglesia, donde no parecía que la existencia del otro edificio importase lo más mínimo a ninguno. No se percibía que la convivencia estuviera forzada por lo que dictaba la constitución del país, sino que se sentía realmente genuina. Por supuesto, había barrios y zonas en las que prevalecían unas confesiones sobre otras, pero eso no parecía excluir a nadie. Los conflictos del Líbano a lo largo de la historia han venido, casi siempre, de injerencias extranjeras o de problemas de las altas esferas. La gente de la calle convive y son vecinos, en una especie de indiferencia funcional6.
Las aspiraciones del Líbano también son importantes para entender mejor el país. Entre los años 50 y los años 70, a los habitantes de Beirut les gustaba referirse a su ciudad como el París de Oriente Medio. No buscaban turismo fácil y dinero, sino un proyecto de identidad. Beirut era la ciudad más cosmopolita de todo Oriente Medio, con universidades de prestigio, multinacionales operando y una vida nocturna que atraía a árabes y europeos por igual. Beirut tenía lo que pocas capitales de la región podían ofrecer: prensa libre, minifaldas y alminares en la misma avenida, vino libanés en la playa del Mediterráneo y esquí de montaña a menos de una hora. Un país donde convivían cosas que en otros lugares del mundo árabe resultaban incompatibles.
Y bueno, duró lo que duró.
En 1975 estalló una guerra civil que duró quince años. Después vino un intento de reconstrucción, que en otros quince años se topó con la guerra de 2006 con Israel. Y con todo eso, en agosto de 2009, tres amigos llegábamos al aeropuerto de Beirut sin saber demasiado sobre lo que nos podíamos esperar.
El Líbano que viví
Mi hermana mayor me insistió bastantes semanas antes de que no fuera y, como he hecho prácticamente toda mi vida, no le hice demasiado caso. Adoro a mi hermana, pero su percepción del peligro siempre ha sido excesiva, aunque eso no quita que la mía fuera algo limitada en aquella época. Creo que no tuve una sensación real de dónde me adentraba hasta que llegamos al aeropuerto de Amán para tomar el vuelo hacia Beirut. Allí tuvimos que pasar múltiples controles de pasaportes, como pasa en los aeropuertos, aunque con la gran diferencia de que nos revisaron todas las hojas del pasaporte hasta en tres ocasiones. La última persona también nos preguntó directamente lo que buscaba: si habíamos visitado Israel en los últimos años. Si la respuesta era afirmativa, la entrada en el Líbano estaba totalmente prohibida7.
C. nos recogió en el aeropuerto y comenzamos el viaje hacia su ciudad, Zahlé, en el valle del Bekaa. Durante ese viaje fue cuando se hizo palpable el momento en el que estábamos visitando el país. Un viaje que debería haber llevado apenas una hora se alargó hasta casi dos horas, sobre todo porque tuvimos que recorrer multitud de carreteras secundarias, ya que tres años después aún había muchos puentes que no habían sido reconstruidos8. Además, también me sorprendió la cantidad de controles que el ejército tenía por la carretera, aunque rápidamente entendimos que era algo bastante rutinario.
Finalmente, llegamos al destino.

Zahlé es una perfecta muestra de la diversidad de Líbano. Es la ciudad donde se encuentra la mayor comunidad católica de Líbano, gobernada por una estatua de bronce de la Virgen María de 10 metros, sobre una plataforma de 54 metros de hormigón en una de las colinas de la ciudad. Allí descubrí que, a diferencia de Jordania, te podías tomar una cerveza en la cafetería sin problema, y que podías disfrutar del vino típico de la región. La familia de C. nos acogió de maravilla y nos presentaron a la familia extendida, donde pude comprobar una vez más que las inquietudes humanas trascienden sin problema las culturas.
Y la boda. Vaya gran boda. No sé cuántos de vosotros habéis tenido la oportunidad de ir a bodas de culturas distintas a la vuestra, pero es una experiencia que no tenéis que dejar pasar si tenéis una oportunidad. Fueron tres días de fiesta y tradición totalmente ajenas a todo lo que conocía y, quizá por eso mismo, fascinantes. Aunque la boda fuera católica, la tradición en Zahlé dista mucho de lo que yo aprendí en mi adolescencia. Adoptaba muchos matices de las tradiciones ortodoxas, como la ausencia de estatuas en las iglesias, el uso de coronas durante el matrimonio, o las tres vueltas de los novios en torno al altar mientras bailaban9.
Después llegó el convite, que más bien fue una fiesta por todo lo alto. Tenían música en directo, e incluso una especie de actuación. Mientras tanto, pudimos charlar, bailar… y comer. Y vaya maravilla la comida. Seguramente muchos habréis probado la comida libanesa en algún restaurante internacional, pero la variedad gastronómica va mucho más allá de lo que un restaurante en el extranjero puede transmitir10.

Por supuesto, los tres visitantes españoles teníamos ganas de hacer algo de turismo, ya que era nuestra primera vez en el Líbano. Todos nos recomendaron que fuéramos a visitar Baalbek, aunque nos insistieron en que fuéramos acompañados, así que C. se vino con nosotros. En Baalbek, a 40 kilómetros al norte de Zahlé, se encuentran unas de las ruinas romanas mejor preservadas de todo Oriente Medio. La zona es rural y apenas había turismo, así que aparcamos enfrente de la entrada y C. se acercó a comprar los tickets.
Recuerdo a la perfección algo raro que nos llamó la atención a los tres amigos mientras esperábamos. Se trataba de un civil que estaba paseando por la zona, hablando con distintas personas y con todos los policías que había en el entorno de las ruinas. De algún modo, se intuía que ese civil estaba en control de la situación, aunque en aquel momento no éramos capaces de entender exactamente qué estaba pasando. C. regresó con las entradas y nos explicó que aquel paisano era un miembro de Hezbolá, que eran quienes controlaban esa región. Pero del mismo modo nos dijo que no nos preocupáramos, ya que las zonas controladas por Hezbolá eran por excelencia las más seguras11.
En los días siguientes, también aprovechamos para visitar la costa. Me fascinaron las grutas de Jeita, un sistema de cuevas de gran tamaño que permite observar las impresionantes reservas de agua dulce que tienen las montañas de primera mano. De ahí fuimos a la playa del Mediterráneo que, a pesar de los miles de kilómetros de distancia, aún tenía algo que le hacía sentirse familiar. También me gustó poder cenar tranquilamente en las calles de Biblos, una ciudad con historia que aún se siente en sus paredes. Y Beirut, una ciudad única. Quizá nunca llegó a convertirse por completo en el París de Oriente Medio, pero sin duda tiene un carácter especial y único. Allí pasé una de las noches de fiesta mejores de mi vida12.
La única espina que se me quedó clavada fue no poder visitar un parque natural de cedros. La idea que yo tenía en mente era gastar un día en andar por uno de esos parajes de cedros en el sur del valle del Bekaa, pero cuando se lo comentamos al padre de C., lo zanjó rápido: que ni se nos ocurriera, que era demasiado peligroso. No insistimos.
El viaje llegó a su fin. C. nos llevó al aeropuerto y volvimos a España, los tres con la intención de volver al Líbano en algún momento.
Lo que vino después
El tiempo pasa y las relaciones se enfrían. Es algo que con los años he entendido y he aprendido a vivir con ello. No es que pasara nada en particular, pero las vidas empujan en direcciones distintas, más aún cuando todos viajamos de continuo por trabajo y ni siquiera vivimos en el mismo país los fines de semana. Esa idea de volver al Líbano se hizo cada vez más lejana, y que hubiera una guerra civil en la frontera siria, con millones de refugiados desplazándose por la región, tampoco animaba demasiado.
Entonces llegó agosto de 2020. Una gran explosión en el puerto de Beirut copó las portadas de todos los periódicos internacionales. Al ver la noticia, contacté con C. para saber cómo estaban él y su familia. C. llevaba ya años viviendo en Estados Unidos, pero su hermana sí que había sufrido las consecuencias directas de la explosión, ya que las ventanas de su casa en Beirut, en otro barrio de la ciudad, quedaron totalmente reventadas. Por suerte, nadie de su familia se encontraba entre los cientos de víctimas que tuvo el incidente.
Después llegó octubre de 2023. Israel entró en Gaza, y Hezbolá decidió abrir un frente en el norte para apoyar a Hamas desde el sur del Líbano. Desde entonces, las cosas no han hecho más que empeorar. Lo que fueron intercambios de fuego contenidos terminó con una nueva invasión israelí en otoño de 2024. Se llegó a firmar un alto el fuego, pero nunca la paz de verdad.
El pasado febrero, el ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán volvió a encender la mecha. Hezbolá respondió una vez más e Israel volvió a destruir todos los puentes que tanto había costado reconstruir. Más de un millón de personas han tenido que abandonar sus casas en el sur del país, mientras todos esperan la invasión terrestre de Israel.
La idea de volver al Líbano está más lejana que nunca. Y eso, viniendo de alguien que lleva años posponiendo el viaje, es mucho decir.
Por petición popular, os dejo por aquí un botón para procrastinar, por si os pillo aburridos. Cada vez que pulséis en él, os llevará a un mapa distinto de los más de 1200 que tiene el catálogo.
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Y ahora estoy en mi segundo trabajo. No soy una persona que se haya cambiado mucho de trabajo, todo sea dicho.
Tenía 27 años; ahora tengo 44. La diferencia de edad es claramente relevante para entender todo lo que os contaré hoy.
Que quede claro que no me arrepiento de la decisión, porque soy una persona que huye del arrepentimiento. Juzgar las decisiones pasadas por los resultados es hacerse trampas al solitario y carece de todo sentido.
La historia del Líbano es enciclopédica, así que es inútil intentar detallar todo hoy. Eso sí, quiero dejar por aquí que tanto Tiro como Biblos y Sidón estuvieron en lo que es actualmente el Líbano.
Esto también tiene un impacto importante en la vida política libanesa. Casi todos los partidos que han tenido relevancia en el país han estado asociados a distintas confesiones religiosas, ya que el parlamento ha de estar dividido por igual entre cristianos y musulmanes desde el Acuerdo de Taif. De hecho, cada vez que alguien se presenta por una circunscripción a las elecciones parlamentarias, tiene que presentarse de forma obligatoria con una confesión, aunque su partido sea aconfesional, para así mantener el equilibrio.
Esto de indiferencia funcional lo escuché una vez para referirse a la convivencia en el Líbano y creo que me parece una descripción muy apropiada.
Técnicamente, el Líbano aún estaba en guerra con Israel.
Durante la guerra de 33 días entre Israel y Líbano, se destruyeron 73 puentes en Líbano. La gran mayoría en el sur, pero también se destruyó el puente Mudeirej, el más elevado del país, que estaba en la autovía que unía Beirut con Damasco. Precisamente la misma autovía que había que tomar para llegar a Zahlé.
Todo esto, con los años, he aprendido que es algo común en los católicos orientales de rito bizantino, que son precisamente los católicos de Líbano.
Aquí quiero dejar claro un matiz importante. C. y su familia no eran una familia cualquiera de Líbano. No eran ricos, pero desde luego que tenían el lujo de ser de una clase acomodada. No todos los libaneses se podían permitir una boda así entonces, aunque las bodas en general sí que son más ostentosas que en España, por ejemplo.
Allá donde fueres, haz lo que vieres. No preguntamos más sobre el tema.
Aunque haya perdido tablas, en aquel entonces aún podía comparar.



