Buen sábado a todos,
La semana pasada os dejé una buena colección de juegos geográficos, así que hoy, siguiendo en la misma línea lúdica, quiero retroceder dos siglos para presentaros otro juego que, a su manera, también estaba ligado con la geografía.
La primera vez que me topé con la joya que os traigo hoy se la leí a Kenneth Field1 en este artículo y, desde entonces, la tengo apuntada para escribir algún día con calma. Y ese día ha llegado.
Una baraja para Su Majestad
Desde sus orígenes en el siglo XIV, las barajas de cartas han tenido imágenes ilustrándolas. A partir del siglo XV, con la llegada de la xilografía y el grabado, su popularidad se extendió, gracias a la facilidad que había para imprimir, lo que también llevó a varios talleres a crear su particular copia.
Las imágenes llamaban la atención, así que fue cuestión de tiempo entender que esta podía ser una buena forma de enseñar mediante el entretenimiento. Así es como, a mediados del siglo XVII, Jean Desmarets de Saint-Sorlin y Stefano della Bella publicaron cuatro barajas de cartas instructivas con distintas temáticas: mitología, reyes de Francia, reinas célebres y geografía. El concepto era magnífico, aunque la baraja solo tenía imágenes sobrias y mucho texto.
En Inglaterra los mapas ya habían llegado a los naipes antes, de la mano de William Bowes en 1590, y casi un siglo después Robert Morden perfeccionó la idea con una baraja dedicada a los condados de Gales e Inglaterra2. Esta idea continuó evolucionando, hasta que Charles Hodges publicó en 1827, con tan solo 25 años, sus New Geographical Cards. La obra no era novedosa en la técnica ni en el concepto, pero sí que era una de las primeras que ampliaba la escala a nivel mundial3.
La baraja consistía en 52 cartas que, una vez impresas, habían sido coloreadas a mano. Cada palo agrupaba un continente, con un mapa general en el as, mapas detallados en las siguientes cartas numéricas y las tres figuras dedicadas a tres iconos de cada continente. La caja contenía un mensaje que afirmaba que la baraja estaba patrocinada por Su Majestad, el rey Jorge IV, a quien se le dedicaba el rey de corazones.

Ninguna de las cartas contenía el nombre de la figura que representaba, aunque sabemos quiénes son gracias a los catálogos de museos y libreros. En corazones, que está dedicado a Europa, Jorge IV está acompañado de Catalina II de Rusia y Robespierre, el que quizá sea el retrato más interesante de toda la baraja. En él, Robespierre aparece con una pica de la que cuelga un gorro frigio, a la vez que pisa una corona. Esa corona posiblemente sea la del cadáver del rey que aparece en la parte inferior izquierda, sobre el que repta una serpiente.
En conjunto, sorprende que una baraja que presumía del patrocinio del rey dejara un hueco de privilegio a un revolucionario como Robespierre.

Las picas están dedicadas a América, y en ese palo el rey queda reservado a George Washington. Sí, el mismo George Washington que había dirigido al ejército en la guerra de Independencia contra Jorge III, padre de Jorge IV, y que había logrado la independencia de Estados Unidos. A Washington le acompaña una mujer como reina, que algunas fuentes apuntan que es Neala de Canadá4, y Telasco de México como sota, un personaje que aparece en Los Incas de Jean-François Marmontel y que personifica la resistencia contra Hernán Cortés durante la toma de Tenochtitlan5.

Los diamantes están dedicados a Asia, donde el rey está reservado al emperador Qianlong, quien gobernó en China durante gran parte del siglo XVIII. Y los tréboles a África, donde la corona recae sobre Saladino, el famoso sultán de Egipto durante parte del siglo XII.
Varios de los doce personajes que eligió Hodges no se pueden ligar a personajes históricos concretos, pero de los que sí que son fácilmente identificables, el único que estaba vivo cuando se publicó la baraja era Jorge IV. El resto de representantes de Europa habían muerto a finales del siglo XVIII; los representantes de Asia eran soberanos del siglo XVIII y los de África y América mezclaban historia reciente con historia lejana y ficción.
De alguna forma, se puede hacer una lectura de sátira política, aunque la falta de un escrito original de Hodges que explique por qué eligió lo que eligió hace que cualquier trabajo sea puramente interpretativo.
Por eso voy a pasar a la parte más fascinante: los mapas.
Las cuatro partes del mundo
Hace tiempo os hablé sobre cuántos continentes hay en el mundo, y ahí explicaba cómo la concepción europea había cambiado a lo largo de la historia para pasar de los tres continentes de la antigüedad a los cuatro continentes que se establecieron durante la Edad Moderna y perduraron durante gran parte del siglo XIX, cuando se publicó esta baraja: Europa, Asia, África y América. Para un juego de cartas dedicado a la geografía, dedicar cada uno de los cuatro palos a un continente distinto no requería replantear el statu quo.
Como ya hemos comentado antes, cada as está dedicado al continente en sí, y las otras nueve cartas numéricas de cada palo a países o regiones de ese continente.

Europa es el continente en el que menos sorpresas nos encontramos. Países Bajos (incluyendo Bélgica) se queda con el dos, Prusia con el tres, Turquía (la parte europea del Imperio Otomano) con el cuatro, Italia con el cinco, España y Portugal con el seis, Austria (el Imperio Austriaco) con el siete, Francia con el ocho, la Rusia europea con el nueve y las Islas Británicas con el diez.
Ni Alemania ni Italia se habían unificado cuando se publicó esta baraja, pero Italia sí que aparece como una unidad, mientras que Alemania se ignora y solo se representa Prusia. En parte, esto no es más que una muestra del poco consenso que existía en la época al determinar los límites políticos.

América venía con novedades, aprovechando la reciente independencia de muchos países. Colombia (la Gran Colombia) se queda con el dos, Buenos Aires (Provincias Unidas del Río de la Plata) con el tres, Chile con el cuatro, Brasil con el cinco, Perú con el seis, Guayana6 con el siete, México con el ocho, Canadá con el nueve y Estados Unidos con el diez.
Lo de denominar Buenos Aires a las Provincias Unidas del Río de la Plata, más que un error, era un nombre habitual en la cartografía británica de la época.

Asia es bastante interesante, porque representa a la perfección lo que sabían los europeos de Asia en la época. Japón se queda con el dos, el Tíbet con el tres, Tartaria (Asia Central) con el cuatro, Arabia con el cinco, Turquía (la parte asiática del Imperio Otomano) con el seis, Siberia (la parte asiática de Rusia) con el siete, Hindostán con el ocho, Persia con el nueve y China con el diez.
Varias de las representaciones no son entidades políticas, sino regiones con los nombres que les daban los europeos. Entre todas ellas, la más icónica es Tartaria, una región que apareció en la cartografía europea durante siglos para referirse a distintas partes de Asia Central que eran totalmente desconocidas para los europeos. En el caso de Hodges, toda Asia Central al este del mar Caspio.
Y sí, como era común en la época, Asia incorporaba a Nueva Guinea y a Australia al completo.

Y si Asia era la muestra de lo poco que sabían los europeos, África es la demostración del desconocimiento. Las Islas Canarias se quedan con el dos, Sudán o Nigritia7 con el tres, el Interior de África con el cuatro, Alta Guinea con el cinco, Baja Guinea con el seis, Abisinia con el siete, Marruecos con el ocho, Berbería con el nueve y Egipto con el diez.
Aquí hay demasiadas cosas de las que hablar. Me gusta que dedique dos cartas distintas a Marruecos y Berbería, a pesar de que ambas terminan representando territorios que se solapan. Casi lo mismo que utilizar una carta para Nigritia y otra para el interior de África, aunque en este caso la segunda sí que parece corresponderse con todo el desierto.
Eso sí, ni rastro de todo el sur del continente en los mapas detallados. Y no se puede decir que fuera por desconocimiento, ya que la colonia del Cabo llevaba bajo dominio británico desde 1806.
No hay información fiable de cuánto éxito tuvieron las cartas de Hodges, pero sí que parece que hubo algo de repercusión. Sabemos que al menos se reeditó una versión de esta baraja en 1838 con pequeñas variaciones, y podemos suponer que nadie saca nuevas versiones de algo que no se vende. Aunque está claro que era un producto caro al alcance de muy pocos.
En la web de Yale podéis consultar todas estas cartas y, además, un folleto de la reedición de 1838 en el que se especifica todo lo que Hodges buscaba representar con cada país. Sí que hay detalles geográficos de cada carta, pero los que se corresponden con lugares poco conocidos se limitan a ser poco descriptivos.
Hodges reutilizó las planchas para todo lo que pudiera tener una salida comercial. Imprimió las 40 cartas de mapas sin palos ni figuras como si se tratara de un atlas en miniatura. Con esas mismas planchas, también se aventuró a publicar otras barajas, como Astrophilogeon, un juego en el que se emparejaba cada mapa con una constelación.

No hay duda de que esta baraja habría sido mucho mejor opción para las partidas de mus y pocha a las que dediqué una cantidad nada despreciable de tiempo durante mi época como estudiante en la universidad. Pero entonces cualquier baraja me valía, para qué vamos a mentir.
Por petición popular, os dejo por aquí un botón para procrastinar, por si os pillo aburridos. Cada vez que pulséis en él, os llevará a un mapa distinto de los más de 1400 que tiene el catálogo.
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Aquí tenéis algunos ejemplos de las cartas de Morden.
En The World of Playing Cards apuntan a que la baraja de Hodges pudo inspirarse en una baraja francesa publicada dos años antes con el título Boston de l'Univers ou Jeu des Quatre Parties du Monde, pero no he conseguido encontrar ninguna copia de ella.
Por ejemplo, en la web del Met.
Todo esto que suena a fantasía es parte de la obra. La novela está dedicada a la caída del Imperio inca a manos de los españoles, pero en los primeros capítulos se habla de la conquista de México. Más fantasioso es aún que en la novela haya contacto entre mexicas e incas, algo de lo que no hay ninguna prueba de que sucediera.
Guayana hace referencia a la región que aúna las cinco guayanas: española (hoy parte de Venezuela), británica (hoy Guyana), holandesa (hoy Surinam), francesa (hoy la Guayana Francesa) y brasileña (hoy el Estado de Amapá).



