Las Antípodas
Newsletter #179 – 2026/04/11
Buen sábado a todos,
Como ya hemos visto muchas veces en los tres años de esta newsletter, la historia nos ha mostrado muchas perspectivas particulares del mundo. Siglos y milenios antes de que la exploración, la capacidad de observación y la ciencia aportaran claras pruebas de cómo es el mundo, las propuestas eran diversas, con poco criterio más allá de la intuición de cada pensador.
Un interesante ejemplo es Crates de Malos, un griego que, en el siglo II a.C., construyó un globo terráqueo particular1. No pretendía ser una mera figura decorativa, sino que proponía un modelo conceptual del mundo. En él, la Tierra estaba dividida en cuatro masas de tierra, con dos océanos entre medias que recorrían la línea del ecuador y un meridiano central, formando una cruz.

Según Crates de Malos, los cuatro grandes continentes que imaginó también tenían habitantes con sus nombres. Los oikoumenoi eran quienes poblaban el mundo conocido2. En el hemisferio norte, pero al otro lado del meridiano, se encontraban los perioeci. Justo debajo se encontraban los antoikoi, quienes habitaban la misma longitud, pero en el hemisferio sur. Por último, los antipodes eran quienes se encontraban en el lado opuesto al mundo conocido, cuyo nombre significaba literalmente pies opuestos.
Esta idea no murió con Crates de Malos, sino que el romano Pomponio Mela ahondó en ella. En el siglo I d.C., Pomponio publicó De Chorographia, donde también postulaba la existencia de un hemisferio sur habitado por los antichthones, aunque también daba por hecho que era imposible llegar a ellos a causa de una zona tórrida ecuatorial con un calor que mataría a cualquiera que intentase cruzarlo.
El mundo clásico tenía una conciencia clara de que la Tierra era esférica, y que inevitablemente tenía que haber algo al otro lado. Muchos, además, estaban convencidos de que el mundo cumplía con una simetría que exigía que hubiera tierra firme en el otro extremo.
Pero, ¿cómo podríamos llegar al otro lado si el calor nos lo impide?
La herejía de las antípodas
Con la llegada del cristianismo, la cuestión de las antípodas dejó de ser un problema geográfico para convertirse en un problema teológico.
Agustín de Hipona3, en el siglo V, mantuvo la visión de la Tierra esférica, como ya habían planteado los griegos, pero se opuso a que pudiera existir una tierra poblada por otros humanos, los antipodes. El mito de creación del cristianismo planteaba que todos los hombres y mujeres descendían de Adán y Eva, así que ningún ser humano podría haber cruzado un océano tórrido para poblar el hemisferio sur. No cuestionaba la geografía o la simetría que se había planteado, simplemente cuestionaba que alguien hubiera llegado hasta allá.
Dos siglos más tarde, Isidoro de Sevilla, dentro de sus Etymologiae, insistió en la idea planteada por Agustín con una clara jerarquía de continentes. Reconocía la existencia de tres continentes4, Asia, Europa y África, pero también un cuarto continente en el lado opuesto de la Tierra donde habitarían los antípodas de la fábula. Y sí, Isidoro ni se molestó en plantearse esa idea como una hipótesis plausible, sino que la descartaba directamente como si se tratara de una fábula.

Cuando se ven mapas como el de Isidoro, que podéis ver más arriba, es tentador pensar que hubo una regresión en el conocimiento geográfico en la Europa medieval, pero nada más lejos de la realidad. Los mapas de T en O seguían una representación del mundo con otros fines, más teológicos que geográficos. La cosmografía cristiana exigía que Jerusalén estuviera en el centro y que estuviera rodeada de los tres continentes clásicos, cada uno de ellos poblado por los descendientes de los tres hijos de Noé5. Las antípodas no cabían en esa cosmovisión, así que era irrelevante plantearse seriamente su existencia. Esto, unido a la gran influencia que tuvo Etymologiae en la Europa medieval, explica por qué la idea de las antípodas se dejó aparcada hasta el siglo XV.
Quizá lo más curioso de la historia es cómo la llegada de la exploración renovó la lectura de los textos de Isidoro. Los barcos de exploradores portugueses y españoles comenzaron a llegar más allá del ecuador y atravesar las latitudes imposibles, así que se volvió a citar a Isidoro y sus antípodas, aunque fuera para contradecirle. El hombre que había descartado las antípodas como una fábula terminó siendo una referencia obligada para los que las buscaban incansables.
Encontrar las antípodas
Cristóbal Colón regresó de su primer viaje el 15 de marzo de 1493 y confirmó que había tierra al oeste cruzando el océano Atlántico. Distintas cartas se mandaron por toda Europa para comunicar el gran descubrimiento, muchas hablando del nuevo camino a las Indias, pero otras más creativas. El 14 de mayo de 1493, Pedro Mártir de Anglería escribió una carta en la que llamaba a las tierras a las que había llegado Colón las antípodas occidentales6.
Pedro Mártir no estaba convencido de que Colón hubiera llegado a Asia, sino que creía que tenía que ser otra cosa. De forma intencionada o instintiva, Pedro Mártir recuperó el mismo vocabulario que antes habían usado Crates de Malos e Isidoro de Sevilla. Más de 1.500 años después de que aquella idea se hubiera puesto sobre la mesa, por fin había un descubrimiento que podría validarla.
Con la exploración y la colonización del Nuevo Mundo, portugueses y españoles decidieron dividirse el mundo para evitar conflictos directos. Es así como se firmó el Tratado de Tordesillas, que dividía el mundo mediante un meridiano trazado en el océano Atlántico. Lo que muchas veces se olvida es que 35 años más tarde, en 1529, el Tratado de Zaragoza trazó una segunda línea en el océano Pacífico con la que se dividía el mundo entero en dos7. El Tratado de Zaragoza no hacía referencia a las antípodas, pero efectivamente utilizó la misma lógica para buscar el meridiano opuesto al que se había elegido en el Tratado de Tordesillas.

Los tratados definían las líneas, pero la realidad es que nadie sabía dónde estaban exactamente esas líneas. Para cualquier navegante o maestro geógrafo, era sencillo saber en qué latitud se encontraba en cada momento, mientras que el gran problema de la longitud8 impedía el meridiano exacto en el que se estaba un punto concreto. Esto no impidió que los exploradores continuaran llegando a los distintos rincones del mundo, pero sí que fuera imposible saber con exactitud cuál era su posición este-oeste en el mapa.
Estos errores, junto con mucha imaginación, fueron dando forma al mundo a lo largo del siglo XVI. No solo las deformaciones de la longitud eran continuas, sino que también había consistencia en la idea de Crates de Malos que había cristalizado Isidoro en Europa: en el hemisferio sur tenía que haber tanta tierra como en el hemisferio norte. Esta es una de las razones por las que, mapamundi tras mapamundi9, la Tierra Australis ocupaba la parte sur de todos los mapas10.

Todo ese imaginario se fue derrumbando poco a poco. Magallanes demostró que América del Sur no lindaba con la Terra Australis. James Cook, dos siglos más tarde, confirmó que no existía ninguna Terra Australis y que esa región templada era tan solo océano. Justo ese mismo siglo, la mejora de los relojes también solucionó el problema de la longitud y, con ello, fue posible dibujar con precisión dónde caían las antípodas del viejo continente.
Lo extraordinario de las antípodas
En la actualidad ya sabemos con certeza dónde se encuentran las antípodas de cualquier lugar del mundo.

En España, esta idea la tenemos todos bastante clara desde que somos pequeños, ya que España es uno de los pocos lugares de Europa cuyas antípodas son tierra firme: Nueva Zelanda. Mi ciudad, Segovia, tiene sus antípodas a las afueras de Masterton, una ciudad a 80 kilómetros al noroeste de Wellington. Casi la totalidad de la isla Norte de Nueva Zelanda coincide con la parte sur de España, y la parte norte de la isla Sur coincide con el noroeste de la península ibérica.
Esto puede parecer algo insignificante, pero es un hecho extraordinariamente extraño. La distribución de tierra firme entre los hemisferios no es ni de lejos tan simétrica como pensaban los antiguos griegos. Es más, según los cálculos que he encontrado, tan solo entre el 3 % y el 4 % de la superficie terrestre tiene su antípoda también en tierra firme.
La misma rareza que comparten Nueva Zelanda y España, también la comparten China y Argentina, aunque con una vuelta de tuerca totalmente inesperada. La provincia argentina de Formosa, en el noreste del país, pegada a la frontera de Paraguay, coincide en las antípodas con la histórica isla de Formosa, conocida actualmente como Taiwán. Cualquiera diría que algún geógrafo estuvo fino para otorgar el mismo nombre a dos lugares opuestos entre sí, pero no es más que una casualidad. Exploradores españoles llamaron fermosa a la provincia argentina, y navegantes portugueses llamaron formosa a la isla asiática. Ambos lugares hermosos, sin duda.
Los peruanos también saben que gran parte de su territorio coincide en las antípodas con Camboya y Vietnam; ecuatorianos, colombianos y venezolanos saben que tienen al otro lado a malayos e indonesios. Filipinas se encuentra por completo en la amazonía brasileña… y todo lo demás es simplemente tierra y mar, o mar y mar.
Entre todos esos territorios sin antípodas emergidas están, curiosamente, las Islas Antípodas. Este archipiélago en el océano Pacífico sur recibió su nombre cuando unos exploradores británicos estimaron que se encontraban aproximadamente en las antípodas de Greenwich. La realidad es que las antípodas de las islas Antípodas caen justo en medio del canal de la Mancha.
O lo que viene a ser: agua11.
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Porque sí, como ya conté aquí, el ser humano sabe que la Tierra no es plana desde hace más de 2.500 años.
El mundo, tal y como se entendía en la Antigua Grecia, era muy parecido al mundo que había definido Hecateo.
Conocido como San Agustín en el cristianismo.
Cuando hablé sobre cuántos continentes había en el mundo, también hablé más en detalle sobre los continentes clásicos. Podéis leerlo aquí.
Sobre esto hay muchos mapas a lo largo de la historia. Los descendientes de los tres hijos de Noé se dividieron el mundo. Hay variaciones dependiendo del autor, pero un mapa como este os puede dar una idea clara de esto.
Aquí tenéis la referencia, por si queréis leer más sobre el tema.
El Tratado de Tordesillas buscaba evitar conflictos en la colonización de América, mientras que el Tratado de Zaragoza buscaba resolver el conflicto sobre las Islas Molucas.
No os perdáis este monográfico sobre mapamundis del siglo XVI. 12 de 20 tienen una referencia directa a la Terra Australis.
En este artículo, sobre el descubrimiento de la Antártida, hablo más en detalle de la Terra Australis.


